lunes, 20 de febrero de 2012

El Desierto: lugar de encuentro

 

DESIERTO

El desierto aparece en la Biblia como lugar de desolación y como ámbito privilegiado para el en cuentro con Dios. Conduce a la tierra prometida, de igual modo que la Cuaresma conduce hacia la Pascua.


El desierto en al A.T. es una realidad polivalente. Por una parte es lugar de la desolación, un lugar peligroso, dominio de las fuerzas del mal (Dt 8, 15; Nm 21, 4-9; Is  30, 6).

No sólo la realidad natural de las zonas desérticas, sino también el producto de la devastación, la destrucción, interpretada como fruto del alejamiento de Dios (Is  6, 11; 54, 3; Jer 4, 7; Ez 26, 19) y triunfo de los poderos demoníacos. De ahí que sea incluso imagen del reino de los muertos (Ez 26, 20). Y si es cierto que Israel encontrará finalmente su salvación en el desierto (Es 34, 25; Os 2, 16),  esto se  realiza bajo la forma de triunfo sobre el desierto, convertido en tierra de cultivo, a la que afluyen las aguas, sobre la que se trazan caminos, tierra reedificada (i.e.  32, 15ss; 40, 3; 41, 18; 43, 19).

Por otro lado, el desierto es un ámbito sagrado, en el que tiene lugar diversas teofanías, como la de la zarza ardiente (Ex 3, 1ss), la entrega de las tablas de la Ley (Ex 19) o la aparición a Elías (1Re 19, 11-18). De hecho la  peregrinación de Israel por el desierto durante 40 años es valorada como época de una gran cercanía de Dios con su pueblo (Os 9, 10) en medio de las pruebas y la infidelidad de este (Sal 77 / 78, 17, 40; 94 / 95, 7, 11; 105 / 106, 13 Es 20). Así, las esperanzas de salvación futura apareen ligadas al ámbito del desierto (i.e.  40, 3) texto que fundamenta la permanencia en el desierto de los esenios de Querrán y del que partirá la predicación de Juan Bautista.

Jesús se ha presentado como el nuevo Moisés, guía de su pueblo (Hch 3, 22), habrá de ir a Egipto y desde allí ser llamado por Dios (Mt 2). Al comienzo de su ministerio público, tras el  bautismo y ser proclamado el Hijo amado del Padre, Jesús derrota al demonio (MC 1, 12s)…

También para los primeros cristianos, el desierto continuará siendo el lugar privilegiado para las apariciones (Ap 17, 3; Hch 8, 26). Pero también el desierto es un lugar habitado por demonios (Mt 12, 43; Lc 11, 24; Mª 1, 12s; Hch 1, 18-20; por lo que constituye una peligrosa amenaza.

EN SÍNTESIS podemos decir que el desierto aparece en la Biblia como una realidad peligrosa, negativa y hasta diabólica, que, paradójicamente, constituye un ámbito privilegiado del encuentro con Dios.

ES DIOS QUE LLAMA AL DESIERTO

Ni Abraham, ni Israel, ni Jesús van al desierto por propia iniciativa. Es siempre Dios quien, tras una llamada, una vocación, les conduce al desierto.  No es una estación de término no es una opción de vida. es muy bien la situación en que queda el hombre tras el primer deslumbramiento ante la manifestación de Dios…no se trata de una estación de término ni de una elección del llamado, ni se trata de una huída del mundo urbano, como si en el fuera imposible la comunicación con Dio. De hecho en medio del gentío, en la ciudad, se ha realizado el primer encuentro…

La soledad del desierto no se explica desde si misma, sino que se da en función de una convivencia nueva en el seno del pueblo.

“TIEMPO PRIVILEGIADO DE DESIERTO”

  Todos tenemos experiencias de la aridez en medio de la que hemos de vivir tantas veces la experiencia de Dios. Pero seríamos ilusos y no respetaríamos la absoluta libertad y soberanía de Dios si quisiéramos construir nosotros la experiencia, como ocurre en el tiempo de cuaresma, retiros, ejercicios espirituales. De ningún modo podemos plantear estos momentos como una huida ilusorio, falsamente llama espiritual, en contraposición con la vida ordinaria, lugar de la lejanía de Dios.

  En la realidad de la vida, esta es de hecho el desierto cuya travesía se acrisola la percepción privilegiada de Dios que nos ha convocado a la fe. Mucho menos pretender forzar la manifestación de Dios, como si nuestra dedicación más intensa a la oración y a la escucha superan por parte de Dios una obligación de manifestarse, o mejor, de permitirnos percibir con mayor claridad su permanente manifestación.

Cuando nos ponemos en actitud de revivir el desierto, no podemos presentarnos ante  el más como suplicantes, con la humilde actitud del “habla, Señor, que tu siervo escucha”, y con la suficiente disponibilidad como para seguir sus indicaciones si Él considerara el momento oportuno para manifestárnoslas. Como de ninguna forma podemos limitar su libertad considerando que este es el momento de la presencia de  Dios, excluyendo así de su presencia el gran don permanente de sus manifestaciones en la vida ordinaria.

Un “tiempo privilegiado de desierto”, un tiempo especialmente dedicado al encuentro con Dios, solo puede ser un intento de revivir, de hacer explícita, de profundizar, la experiencia en el desierto secular de nuestra vida ordinaria.

  Un tiempo para redescubrir el rostro de Dios en el fondo de todo, de un todo purificado, transfigurado por su llamada, su manifestación, su augusta presencia salvadora.

¿POR QUÉ EN EL DESIERTO?

  Una fe madura cruzando el desierto, el lugar del aislamiento, del peligro, donde faltan razones externas para el entusiasmo, donde la dureza de la marcha y del ambiente se traducen en la tentación de abandonar el camino marcado:
-    Los rodeos de Abraham.
-    Las carencias que provocan las murmuraciones y rebeldías de Israel.
-    Las tentaciones de Jesús. Son experiencias básicas.

  Santa Teresa nos alecciona sobre cómo los momentos de consolación, de perfección emocional, casi sensible, de la presencia de Dios, no son sino luces en el camino que nos guían hacia el encuentro con Él, que nos habla con voz más clara cuando la sequedad y la ausencia de sentimiento nos lo presentan como la presencia de una ausencia, como el inasequible, como el trascendente. Se ha dicho que si Teresa de Jesús refleja en su obra una mística de luz. Juan de la Cruz es el místico poeta de la noche. Pues bien, el reformador del Carmelo ha expresado  la necesidad del paso por el desierto y, el don divino que significa:

  “Para venir a llegar un alma a la transformación sobrenatural…de todo se ha de vaciar; de manera que aunque más cosas sobrenaturales vaya teniendo, siempre se ha de quedar como desnuda de ellas y a oscuras como el ciego, arrimándose a la fe y tomándola por luz y guía, no arrimándose a cosas de las que entiende, gusta, siente ni imagina, porque todo aquello es tiniebla que la hará errar o detener, y la  fe es sobre todo aquel entender, gustar y sentir; y si en esto no se ciega, quedándose a oscuras de ello totalmente, no viene a lo que es más, que es lo que señala la fe.”
EN EL DESIERTO


1-    En el desierto Dios revela su verdadera identidad, su ser “totalmente Otro”…sin embargo presencia cercana, presencia de amor.
2-    En el desierto Dios se muestra como el guía, el que conduce, sostiene y llama.
3-    El hombre descubre la radicalidad de la entrega que se le exige, la confianza total en Aquel que guía a su pueblo, si, pero lo hace por un largo y peligroso camino que no parecería el más corto y lógico.
4-    Sus caminos nos son nuestros caminos.
5-    El pacto entre Dios y su pueblo cobra así densidad, realidad, entidad.
6-    La aridez del desierto permite percibir la presencia de Dios que todo lo llena, la prueba, la lucha con las fuerzas del mal y el vacío de la nada, la oscuridad que provocan las permanentes murmuraciones del pueblo, su añoranza por las cebollas de Egipto.
7-    La experiencia de las  tentaciones del desierto, revelan al creyente quién es él delante de Dios que se le manifiesta, cual es su situación de debilidad, de fragilidad, cuánta es esa presencia salvadora, cuan poco se basa en el propio merecimiento el amor que Dios le muestra.
8-    El creyente experimenta en el desierto su fragilidad, la debilidad de aquella primera decisión, entusiasta, de cruzar el reino de la muerte y la desolación si así lo pide Aquel que se la ha manifestado.
9-    El hombre se descubre a sí mismo como pequeñez, pero una pequeñez amada.
10-    En el desierto perciben los creyentes con más nitidez la naturaleza de la  relación que ha establecido la libre y gratuita llamada de Dios.
11-    El desierto es para Abraham y para Israel, una  escuela de confianza en Dios.
12-    Jesús permaneciendo 40 días con sus noches en la soledad del desierto, vive también él su condición frágil, vive las tentaciones de forma también paradigmática, que lo lleva a poner en Él toda su confianza. A cada sugerencia del diablo, Jesús contrapone el impertivo de una palabra bíblica.
13-    El desierto conduce a la Tierra prometida, como la Cuaresma es un camino a la Pascua.

sábado, 4 de febrero de 2012

Santos y Beatos de la Cartuja

¡Ten piedad de mí!

Dibujo de San Bruno de Pereira
 Cartuja de Miraflores (Burgos)


Tú, que eres mi Señor,
Tú, cuya voluntad prefiero a la mía.
No me es posible contentarme con palabras
al presentarte mi oración.
Escucha mi grito que te suplica
como un inmenso clamor...
Tú, de quien me he constituido siervo:
Te ruego con perseverancia
e insistiré en mi ruego,
hasta merecer alcanzar tu favor.
Pues no anhelo un bien de la tierra;
no pido más que lo que debo pedir:
sólo a Ti...
¡Ten piedad de mí!
Y pues inmensa es tu misericordia
y grande mi pecado,
ten piedad de mí inmensamente
en proporción a tu misericordia.
Entonces podré cantar tus alabanzas,
contemplándote, Señor.
Te bendeciré con una bendición
que perdurará a lo largo de los siglos;
te alabaré con la alabanza y la contemplación,
en este mundo y en el otro,
como María, de quien nos dice el Evangelio,
que ha escogido la parte mejor. Amén.

Oración atribuida a S. Bruno

jueves, 2 de febrero de 2012

Sobre la Paz del alma. Pensamientos de N.P. Guigo


Sobre la PAZ

“Sé condescendiente con tu adversario, mientras estás de camino” (Mt 5, 25).

Todo lo haces por conseguir la paz. Y no existe otro derrotero hacia esa paz, que el de la verdad, “tu adversario mientras estás de camino”. Ponte, pues, de acuerdo con ella,cediendo tú; no ha de ser la verdad quien ceda.

La adversidad te enseña a desear la paz; pero tú, ciego, te empeñas en querer aquellas cosas, cuya codicia y apego te imposibilita tener tal paz.

¿Por qué permites en ti lo que te disgusta en los demás, –la ira? Te enojas del enojo ajeno; más aún, tu propio enfado te impacienta. Si sintieras verdadero disgusto de la ira, la evitarías. Y esto no se consigue, sino conservando la paz.

No se gloríe el estanque de la abundancia de agua: es de la fuente. Lo mismo tú de la paz. Esta paz procede siempre de algo ajeno a ti mismo. Y será tanto más engañosa e insegura, cuanto sea más mudable el objeto en que se funda. ¡Qué paz, pues, tan vil la
que nace de la hermosura de un rostro humano!

Todo hombre ansía seguridad. Y tanto más lejos se encontrará de ella, cuanto más expuesto viva a la inquietud. Es decir, cuanto menos esté en su mano mantener las cosas que ama, en el estado que desea.
A ti una palabra, un simple pensamiento de los demás te quita la paz. ¡Ay, cuán expuesto vives a la tristeza y turbación!

No sean las cosas temporales la causa de tu paz. Vil e insegura es la paz fundada en semejante causa. Es la paz de los brutos. Tu paz ha de ser como la de los ángeles: nacida de la verdad.

Desprecia las cosas que tuviste y amaste por tu paz y felicidad, si ahora no quieres perder del todo tu paz y felicidad.

La paz beneficia a quien la posee. Se ha de desear por el bien que encierra en sí, como un grato sabor. Haya en ti tanta abundancia de esta paz, que la tengas aun con los
malos.

“No se turbe ni tema vuestro corazón” (Jn 14, 15). Éste es el verdadero “sábado”. Lo celebra quien no se apasiona ni se excita. Éste tiene dominio propio, y puede hacer el don de sí, mostrándose, ya airado ya tranquilo, según vea conviene a los demás.

El amor de la paz temporal engendra, inevitablemente, inquietud. Quien posea, pues, esta paz y esté pegado a ella, carece necesariamente de paz.

Si no odias a los que te hacen mal, tendrás paz con ellos.

Así como por la concordia y la paz se consolidan todas las cosas, así también searruinan y caen por la discordia y la guerra.

miércoles, 11 de enero de 2012

Elogio a la vida solitaria




Carta de San Bruno A Raúl le Verd: Preboste del capítulo de Reims


Al venerable señor Raúl, preboste de Reims, envía Bruno sus saludos, con un espíritu de caridad muy puro.



Brilla en ti la fidelidad a una antigua e inquebrantable amistad, tanto más admirable y digna de elogios cuanto más rara es encontrarla entre los hombres. A pesar de la distancia y el tiempo que han separado nuestros cuerpos, jamás tu afecto se ha separado de su amigo. Lo atestigua la extrema amabilidad de tus cartas en las que me repites lo entrañable de tu amistad, los numerosos favores que me has prestado a mí y al hermano Bernardo por mi causa, y otras muchas atenciones. Mi agradecimiento no está, por cierto a la altura de lo que tú mereces, pero brota de la fuente límpida del amor, en pago a tanta bondad.



Un viajero, bastante de fiar en otras ocasiones, salió hace tiempo de aquí llevando una carta que a ti yo te dirigía. Como no ha regresado, me parece justo enviar a uno de los nuestros para que ponga al corriente a tu caridad de mi existencia. Por escrito no me sería posible explicarlo extensamente; de viva voz, él lo hará con todo detalle.



Sepa tu dignidad -y sin duda no te será indiferente- que la salud de mi cuerpo es buena (ojalá lo fuera también la del alma), y que lo concerniente a los asuntos exteriores va todo bien. Pero, en verdad, estoy esperando con insistente oración, un gesto de la divina misericordia que sane mis miserias interiores y colme mi anhelo.



Estoy en Calabria con otros hermanos, hombres religiosos, algunos muy cultos, que montan fielmente una guardia santa, esperando el regreso de su Señor para abrirle apenas llame. Vivo en un desierto, alejado de poblado por todas partes. ¿Cómo hablar de modo adecuado de su encanto, de su aire sano y templado, de la vasta y graciosa llanura que se extiende ente los montes, con sus verdes prados y sus pastos en flor? ¿Quién se atrevería a describir la perspectiva de las colinas que se elevan suavemente por doquier, el retiro de los valles umbríos donde abundan ríos, arroyos y manantiales? Sin contar las huertas de regadío y los vergeles de variados árboles.



Mas, ¿por qué detenerme en estas cosas? Otros son los placeres del sabio, infinitamente más agradables y útiles, porque divinos. Sin embargo, cuando el rigor de la disciplina regular y los ejercicios espirituales fatigan al frágil espíritu, éste suele encontrar solaz y descanso en tales deleites. En efecto, el arco siempre tenso, pierde su fuerza y ya no sirve más.



Cuánta utilidad y gozo divinos aportan la soledad y silencio del desierto a sus enamorados, sólo lo saben quienes lo han saboreado.



Aquí los hombres ardientes pueden, siempre que lo desean, entrar y permanecer en su interior; hacer germinar vigorosamente las virtudes y alimentarse con fruición de los frutos del paraíso.



Aquí se busca activamente aquel ojo cuya límpida mirada hiere al Esposo de amor, el amor puro y transparente que ve a Dios.



Aquí nos acucia un descanso muy ocupado y nos inmovilizamos en una tranquila actividad.



Aquí, por el esfuerzo del combate, concede Dios a sus atletas la esperada recompensa: la paz que el mundo ignora y el gozo en el Espíritu Santo.



Esta es la bella Raquel, tan graciosa, preferida de Jacob aunque le diera menos hijos que Lía, más fecunda pero de ojos apagados. En efecto, los hijos de la contemplación son menos numerosos que los de la acción; pero José y Benjamín son preferidos por su padre a todos sus hermanos.



Esta es la mejor parte escogida por María y que no le será quitada. Esta es la hermosa Sunamita, única doncella elegida en todo Israel, para estrechar en su seno y dar calor al anciano David.



Y tú, hermano mío queridísimo, ¡ojalá la ames sobre todas las cosas, para que prendido en sus abrazos ardas de amor divino! Si naciera en tu alma el cariño por ella, pronto te hastiaría esa seductora y mentirosa halagadora que es la gloria del mundo, rechazarías sin esfuerzo las riquezas cargadas de abrumadoras preocupaciones para el espíritu, y te repugnarían los placeres, tan nocivos al cuerpo como al alma.



Tu prudencia no te permite ignorar quién es el que dijo: "Quien ama al mundo y todo lo que hay en el mundo -es decir, el placer de la carne, los ojos insaciables y la ambición- no lleva dentro el amor del Padre". Y también: "Quien es amigo del mundo, se convierte en enemigo de Dios". Entonces, ¿existe peor desorden, comparable manifestación de un espíritu desviado y degenerado, actitud más funesta y lamentable que erigirse contra aquél cuyo poder es irresistible o cuya justicia se cumple inexorablemente, pretendiendo declararle guerra? ¿Somos acaso más fuertes que Él? Hoy su bondad nos invita, sin desalentarse, a la penitencia, pero ¿quiere eso decir que no acabará por castigar la injuria que cometemos al despreciarle? ¿Hay algo más contrario y más opuesto a la razón, a la justicia y a la misma naturaleza, que amar más a la criatura que al Creador, que buscar los bienes pasajeros más que los eternos, las cosas de la tierra más que las del cielo?



¿Qué hacer entonces, carísimo? ¿Qué hacer sino creer los consejos divinos, creer a la Verdad que no puede engañar? Ella da esta advertencia a todos: "Venid a mí todos los que andáis cargados y agobiados y yo os aliviaré". ¿Y no es una carga terrible e inútil estar atormentado por sus deseos, verse sin cesar maltrecho por las preocupaciones y angustias, por el temor y dolor que engendran tales deseos? ¿Hay carga más abrumadora que aquella cuyo peso, con la mayor injusticia, precipita al alma de la cima de su sublime dignidad hasta lo hondo de la sima? Huye, hermano mío, huye pues de estas turbaciones e inquietudes y pasa de la tempestad de este mundo al reposo y a la seguridad del puerto.



Conocido es de tu prudencia lo que la misma Sabiduría nos dice: "Quien no renuncia a cuanto posee, no puede ser discípulo mío". Cuán hermoso, útil y agradable es frecuentar su escuela, bajo la dirección del Espíritu Santo, para aprender la divina filosofía, única a hacernos verdaderamente felices, ¿quién no lo ve?



Para ti, pues, es de la mayor importancia examinar tu situación con la máxima discreción y prudencia. Y si el amor de Dios no te atrae, si el atractivo de tales recompensas no te conmueve, déjate al menos obligar por el temor de un castigo ineludible.



Bien sabes qué compromiso te ata, y a quién. Poderoso y temible es aquél a quien has hecho voto de entregarte como ofrenda agradable a sus ojos: no tienes derecho a faltarle a la palabra dada, y ni siquiera a ti te interesa hacerlo, pues no soporta que, impunemente, se burlen de Él.



Acuérdate, amigo mío querido: nos hallábamos un día los dos, junto con Fulcuyo el Tuerto, en el jardincillo contiguo a la casa de Adam, en la que por entonces me hospedaba. Los placeres engañosos, las riquezas perecederas de este mundo y las alegrías de la gloria sin término, me parece que ocuparon un rato la conversación. Entonces, inflamados de amor divino, prometimos e hicimos voto de abandonar sin tardanza el siglo fugitivo, para ir en búsqueda de las realidades eternas y recibir el hábito monástico. Todo lo hubiéramos cumplido rápidamente si Fulcuyo no hubiera marchado entonces a Roma; dejamos ejecutarlo a su regreso. Se retrasó, intervinieron otros motivos; se enfriaron los ánimos; el fervor se disipó.



¿Qué hacer entonces, carísimo, sino librarte cuanto antes de tal deuda, si no quieres incurrir en la cólera del Todopoderoso y por lo mismo en atroces suplicios, en castigo a esa tan grave y prolongada falta de palabra?¿Qué poderoso de este mundo dejaría impunemente a uno de sus súbditos defraudarle un don que le hubiera prometido, sobre todo si lo considera de valor excepcional ? Por tanto, presta atención no a mis palabras sino a las del profeta, o mejor dicho a las del Espíritu Santo: "Haced votos al Señor vuestro Dios y cumplirlos, todos los que a su alrededor traéis ofrendas: Él infunde terror, Él deja sin aliento a los príncipes, Él infunde terror a los reyes del orbe". Oyes al Señor, oyes a tu Dios, oyes a aquél que infunde terror, oyes al que infunde terror a los reyes del orbe. ¿A qué viene tal insistencia del Espíritu Santo, si no a urgirte que cumplas el voto que has prometido? ¿Por qué cumplir con pesar, lo que no acarreará ni pérdida ni disminución de tus bienes? Tú serás quién hallarás las máxima ventajas y no aquél a quien entregues lo que le es debido.



No te retengan, pues, las riquezas engañosas incapaces de remediar la miseria, ni el brillo del cargo de preboste que no puede ejercerse sin poner el alma en grave peligro.



Te encuentras ahora constituido administrador de los bienes ajenos y no su propietario. Si los empleas para tu uso personal -no te irriten mis palabras- haces algo tan odioso como injusto. Si el lujo y el fasto te atraen y mantienes un gran tren de vida, ¿no te verás obligado a suplir la escasez de bienes adquiridos honradamente, encontrando el modo de quitar a unos lo que ofrezcas a otros? Y esto no es hacer el bien ni ser generoso, pues no hay nada generoso si no es también justo.



Quisiera que tu dilección se convenciera todavía de otra cosa. Monseñor el Arzobispo pone gran confianza en tus consejos y se apoya gustoso en ellos. Es fácil dar consejos, aunque no todos sean justos o útiles, y la idea de los servicios que le prestas no debe impedirte dar a Dios el amor que le debes. Ese amor, cuanto más justo es, tanto es más útil.



Sí: ¿hay algo más justo y más útil, o mejor dicho, hay algo tan hondamente arraigado y tan plenamente adaptado a la naturaleza humana como amar el bien? ¿Y hay otro ser, fuera de Dios, cuya bondad pueda compararse a la suya? ¿Qué digo: hay otro bien fuera de Dios sólo?



Por eso, ante ese bien cuyo incomparable fulgor, esplendor y hermosura se presienten, el alma santa se abrasa en el fuego del amor: "Con todo mi ser -exclama- tengo sed del Dios fuerte, del Dios vivo; ¿cuándo iré, pues, a ver el rostro de Dios?"

sábado, 7 de enero de 2012

Bebiendo de las fuentes: Sentencias de los Padres del Desierto I




Capítulo I

De la manera de adelantar en la vida espiritual según los Padres 

1 Preguntó uno al abad Antonio: «¿Qué debo hacer para agradar a Dios?» El anciano le respondió: «Guarda esto que te mando: donde quiera  que vayas, ten siempre a Dios ante tus ojos, en todo lo que hagas, busca la aprobación de las Sagradas Escrituras; y donde quiera que mores, no cambies fácilmente de lugar. Guarda estas tres cosas y te salvarás».

2 El abad Pambo preguntó al abad Antonio: «¿Qué debo hacer?». El anciano contestó: «No confíes en tu justicia; no te lamentes del pasado y domina tu lengua y tu gula.

3 Dijo San Gregorio: «De todo bautizado Dios exige tres cosas: una fe recta para el alma, dominio de la lengua; castidad para el cuerpo».

4 El abad Evagrio refiere este dicho de los Padres: «Una comida habitualmenteescasa y mal condimentada, unida a la caridad, lleva muy rápidamente al monje al puerto de la apatheia».

5 Dijo también: «Anunciaron a un monje la muerte de su padre, y el monje dijo al mensajero: "Deja de blasfemar; mi padre es inmortal"».

6 El abad Macario dijo al abad Zacarías: «Dime, ¿cuál es el trabajo del monje?». «¿Y tú, Padre, me preguntas eso?», le respondió.

Y el abad Macario le dijo: «Tengo plena confianza en ti, hijo mío Zacarías,pero hay alguien que me impulsa a interrogarte».

Y contestó Zacarías: «Para mí, Padre, es monje aquel que se hace violencia en todo».

7 Decían del abad Teodoro de Fermo que aventajaba a todos en estos tres principios: no poseer nada, la abstinencia y el huir de los hombres.

8 El abad Juan el Enano dijo: «Me gusta que el hombre posea algo de todas las virtudes.

Por eso, cada día al levantarte, ejercítate en todas las virtudes y guarda con mucha paciencia el mandamiento de Dios, con temor y longanimidad, en el amor de Dios, con esfuerzo de alma y cuerpo y con gran humildad.

Sé constante en la aflicción del corazón y en la observancia, con mucha oración y súplicas, con gemidos, guardando la pureza y los buenos modales en el uso de la lengua y la modestia en el de los ojos.

Sufre con paciencia las injurias sin dar lugar a la ira. Sé pacífico y nodevuelvas mal por mal.

No te fijes en los defectos de los demás, ni te exaltes a ti mismo, antes sal contrario, con mucha humildad sométete a toda criatura, renunciando a todo lo material y a lo que es según la carne, por la mortificación, la lucha, con espíritu humilde, buena voluntad y abstinencia espiritual; con ayuno, paciencia, lágrimas, dureza en la batalla, con discreción de juicio, pureza de alma, percibiendo el bien con paz ytrabajando con tus manos. Vela de noche, soporta el hambre y la sed, el frío y la desnudez, los trabajos.

Enciérrate en un sepulcro como si estuvieses muerto, de manera que a todas las horas sientas que tu muerte está cercana».

9 El abad José de Tebas dijo:«Tres clases de personas son gratas a los ojos de Dios: primero los enfermos que padecen tentaciones y las aceptan con acción de gracias.

En segundo lugar, lo que obran con toda pureza delante de Dios, sin mezcla de nada humano.

En tercer lugar, los que se someten y obedecen a su Padre espiritual renunciando a su propia voluntad».

10 El abad Casiano cuenta del abad Juan que había ocupado altos puestos en su congregación y que había sido ejemplar en su vida. Estaba a punto de morir y marchaba alegremente y de buena gana al encuentro del Señor. Le rodeaban los hermanos y le pidieron que les dejase como herencia una palabra, breve y útil, que les permitiese elevarse a la perfección que se da en Cristo.

Y él dijo gimiendo: «Nunca hice mi propia voluntad, y nunca enseñé  nada a nadie que no hubiese practicado antes yo mismo».

11 Un hermano preguntó a un anciano: «¿Hay algo bueno para que yo lo haga y viva en ello?».

Y el anciano respondió: «Sólo Dios sabe lo que es bueno. Sin embargo, he oído decir que un Padre había preguntado al abad Nisterós el Grande, el amigo del abad Antonio: "¿Cuál es la obra buena para que yo la haga?".

Y él respondió: "¿Acaso no son todas las obras iguales? La Escritura dice: "Abraham ejercitó la hospitalidad, y Dios estaba con él. Elías amaba la hesyquia, y Dios estaba con él. David era humilde y Dios estaba con él".

Por tanto, aquello a lo que veas que tu alma aspira según Dios, hazlo, y guarda tu corazón».

12 El abad Pastor dijo: «La guarda del corazón, el examen de si mismo y el discernimiento, son las tres virtudes que guían al alma».

13 Un hermano preguntó al abad Pastor: «¿Cómo debe vivir un hombre?».

Y el anciano le respondió: «Ahí tienes a Daniel, contra el que no se encontraba otra acusación, más que el culto que daba a su Dios» (cf. Dn, 6, 56).

Dijo también: «La pobreza, la tribulación y la discreción, son las tres obras de la vida solitaria. En efecto, dice la Escritura: "Si estos tres hombres, Noé, Job y Daniel hubiesen estado allí...". (cf. Ez 14,

1420).

Noé representa a los que no poseen nada. Job a los que sufren tribulación. Daniel a los discretos. Si estas tres se encuentran en un hombre, Dios habita en él».

15 El abad Pastor dijo: «Si el hombre odia dos cosas, puede liberarse de este mundo».

Y un hermano preguntó: «¿Qué cosas son esas?».

Y dijo el anciano: «El bienestar y la vanagloria».

16 Se dice que el abad Pambo, en el momento de abandonar esta vida, dijo a los santos varones que le acompañaban:

«Desde que vine a este desierto, construí mi celda y la habité, no recuerdo haber comido mi pan sin haberlo ganado con el trabajo de mis manos, ni de haberme arrepentido de ninguna palabra que haya

dicho hasta este momento. Y sin embargo, me presento ante el Señor como si no hubiese empezado a servir a Dios».

17 El abad Sisoés dijo: «Despréciate a ti mismo, arroja fuera de ti los placeres, libérate de las preocupaciones materiales y encontrarás el descanso».

18 El abad Chamé, a punto de morir, dijo a sus discípulos: «No viváis con herejes, ni os relacionéis con poderosos, ni alarguéis vuestras manos para recibir, sino más bien para dar».


19 Un hermano preguntó a un anciano: «Padre ¿cómo viene al hombre el temor de Dios?».

Y respondió el anciano: «Si el hombre practica la humildad y la pobreza y no juzga a los demás, se apoderará de él el temor de Dios».

20 Un anciano dijo: «Que el temor, la privación de alimento y el penthos moren en ti».

21 Dijo un anciano: «No hagas a otro lo que tú detestas. Si odias al que habla mal de ti, no hables tampoco mal de los demás. Si odias al que te calumnia, no calumnies a los demás. Si odias al que te desprecia, al que te injuria, al que te roba lo tuyo o te hace cualquier otro mal semejante, no hagas nada de esto a tu prójimo. Basta guardar esta palabra para salvarse».

22 Un anciano dijo: «La vida del monje es el trabajo, la obediencia, la meditación, el no juzgar, no criticar, ni murmurar, porque escrito está: "Ama Yahveh a los que el mal detestan". (Sal 96, 10).

La vida del monje consiste en no andar con los pecadores, ni ver con sus ojos el mal, no obrar ni mirar con curiosidad, ni inquirir ni escuchar lo que no le importa. Sus manos no se apoderan de las cosas sino que las reparten. Su corazón no es soberbio, su pensamiento sin malevolencia, su vientresin hartura. En todo obra con discreción. En todo esto consiste el ser monje».

23 Dijo un anciano: «Pide a Dios que ponga en tu corazón la compunción y la humildad.

Ten siempre presentes tus pecados y no juzgues a los demás. Sométete a todos y no tengas familiaridad con mujeres, ni con niños, ni con los herejes. No te fíes de ti mismo, sujeta la lengua y el apetito y prívate del vino.
Y si alguno habla contigo de cualquier cosa, no discutas con él. Si lo que te dice está bien, di: "Bueno". Si está mal, di; "Tú sabrás lo que dices." Y no disputes con él de lo que ha hablado. Y así tu alma tendrá paz».


miércoles, 21 de diciembre de 2011

Alguien nos espera


Produce una paz gozosa en el alma saber que alguien nos espera, nos ama, nos busca. Significa que nuestra vida tiene sentido, que somos importantes para otro, que no vivimos simplemente por inercia, que hay una meta hermosa por la que vale la pena nuestra entrega... 

A todos los lectores de este blog os deseo unas gozosas fiestas de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo. Que la soledad y el silencio nos unan  a los sentimientos del corazón de María para poder acercarnos  a la contemplación de Aquel que se hace niño por nosotros y desde la pobreza nos espera.

sábado, 17 de diciembre de 2011

F r a g m e n t o s d e v i d a


 

 

F r a g m e n t o s   d e   v i d a



V i a j e r o s   h a c i a   e l   P a r a í s o



HORARIO

Partida:  A todas las horas
       Llegada:  Cuando Dios quiera.


PRECIOS

                                          1ª clase: virginidad o martirio.
              2ª clase: penitencia y confianza en Dios.
              3ª clase: arrepentimiento y resignación.


AVISOS

1º No hay viajes de placer.

              2º No hay billetes de ida y retorno.

                                        3º Los niños no pagan nada, porque van sobre las      rodillas de su Madre, la Iglesia.

                                              4º  Se pide no llevar otro equipaje fuera de las buenas obras, si no se quiere perder el tren o sufrir un retardo en la penúltima estación.

Este horario es para todas las temporadas,
para todos los lugares,  para todos los hombres.
Ni siquiera los presidentes pueden separar
un tren especial para ellos.

(Tomado de una estampa del 1899 del Santo Yermo Camaldulense)

sábado, 3 de diciembre de 2011

Los monjes de Belén





La vida solitaria contemplativa, aunque es un árbol muy pequeñito dentro de la Iglesia, fructifica, aquí os dejo este video sobre los monjes de Belén que comparten la parternidad de san Bruno.



miércoles, 23 de noviembre de 2011

LADRÓN EN EL MONASTERIO






LADRÓN EN EL MONASTERIO

  Era un estudiante vago, borracho, glotón, jugador y siempre endeudado. Un día decidió robar en una abadía que según decían era muy rica: vasos sagrados, candelabros, cruces, báculos, anillos. Se haría pasar por un aspirante llamado a la vida religiosa, ganaría la confianza de los monjes, descubriría el lugar del tesoro, lo robaría y huiría. Dicho y hecho.

  Nuestro hombre interpretada bien el papel de monje ejemplar: piadoso, trabajador, dócil y paciente. Pasó un año y nada pudo averiguar del tesoro. Y comenzó a cansarse de la austera vida de los religiosos.

  Un día empacó sus cosas para marcharse. La campana que llamaba al comedor le retuvo: aunque malo, el plato de la abadía era mejo que lo que encontraba fuera. Intentó marcharse al atardecer pero la llamada para la Salve la  hizo posponer la huída para la mañana siguiente.  Le había cogido cariño a la Virgen María: no podía perderse su última “Salve”

  Pero a la mañana siguiente, cuando ya estaba lejos del monasterio escuchó el sonido de la campana que anunciaba la misa conventual. ¡Echaba de menos la celebración con sus hermanos de comunidad! ¿Por qué no implorar la misericordia infinita de Dios en las Misa antes de partir a su destino desconocido? Y regresó.

  Como una madre amorosa el monasterio le sujetaba con sus brazos: la comida tan fraterna, la Salve a Santa María al anochecer…

  Poco a poco tuvo menos deseos de abandonar el lugar. La vida de monje no le pesaba ya. Pasaron los años y recibió las órdenes sagradas hasta llegar al sacerdocio. Y el día de su primera Misa se abatió sobre él el peso de toda su vida de mentira.
  ¿Cómo se atrevía?

  Se arrojó a los pies del abad y confesó su vida. El Superior lo tranquilizó: - Ningún monje ha sido tan tentado como tú. Has sido fiel a tus votos aunque tenías seco el corazón. La vida que has creído llevar de engaña la has vivido d verdad y ella habla a tu favor. No te avergüences ni temas que Dios rehuse la ofrenda que presentan tus manos. Te absuelvo de haber venido aquí a robar un tesoro porque el verdadero tesoro del monasterio ya lo has encontrado.