sábado, 18 de junio de 2011

DISCIPLINA CLAUSTRAL






CAPÍTULO I



EN QUE CONSISTE LA DISCIPLINA CLAUSTRAL



“Amad la disciplina, no sea que se enoje el Señor y perezcáis en el camino.” (Sal 2, 12).



La disciplina claustral, si se cumple con exactitud, conduce a una gran perfección, preserva de la condenación eterna y otorga una corona muy alta en el reino celestial.

Consiste la disciplina en tres cosas principalmente: que se guarde bien el silencio, que se celebra devotamente el oficio divino y que el trabajo se ejerza con diligencia.

Donde florece la disciplina hay mayor paz y aprovechamiento espiritual. Donde la disciplina languidece, crece la debilidad, tienen entrada los vicios y se enervan las virtudes.

Donde se mantiene la disciplina, está presente la gracia del cielo, florece la devoción, tiene sabor la lectura, se endulza la meditación, la oración se enfervoriza, resuena la acción de gracias y la voz de la alabanza, la mente se llena de alegría, se ilustra el entendimiento, la carne se marchita y se eleva el espíritu.

Quien ama la disciplina, alegra su conciencia, adquiere buena fama, aumenta para sí la gloria eterna.

El amante de la disciplina custodia su boca, busca la soledad, huye del tumulto, evita la risa, estima el llanto para encontrar a Jesús indulgente y amigo.

Quien busca estar fuera de la disciplina, incurre en los lazos del diablo y pierde la devoción de la mente.

En tres lugares debes hallarse a gusto con los religiosos por la disciplina común: en el coro para salmodiar, en la celda para escribir y leer, en el refectorio para comer sobriamente y oír la palabra de Dios.

Dondequiera que se lea la palabra de Dios, allí obra ocultamente el Espíritu Santo, arguyendo a los malos de de pecado y confortando a los buenos por la esperanza y consuela de las Escrituras, para que avancen más y mantengan frecuentemente la disciplina de la orden. La carta a los Hebreos amonesta en estos términos: Soportad la disciplina y Dios os tratará como a hijos (Hebr 12, 7). Por esto ora David diciendo: Enséñame la bondad, la disciplina y la ciencia (Sal 118, 66). Y en otro lugar, recomendándola mucho, dice: Tu diestra me fortalece, y tu disciplina me enseñará (Sal 17, 36).

Gran don de Dios es poseer la ciencia de las Escrituras, pero parece preferible guardar la disciplina de la orden. Por eso Cristo, nuestro sumo Maestro, al enseñar a los discípulos la ley de vida y de disciplina, les habla de este modo: Si esto aprendéis, seréis dichosos si lo practicáis (Jn 13, 1/). Pues en tanto uno es más dichoso delante de Dios en cuanto es mas fervoroso por la observancia de la disciplina.

Dos bienes persigue toda disciplina regular: que se cumplan diligentemente las constituciones y que los negligentes sean corregidos según sus culpas. Es propio de un religioso bueno y devota hacerse violencia contra la naturaleza mal inclinada, someterse espontáneamente a la disciplina y no pasar por algo ningún desorden. Porque quien ama la disciplina es sabio y será enriquecido por muchas virtudes. Mas quien odio las correcciones es necio y carecerá de honra.

Fíjate en las costumbres del monje disciplinado: no es ligero en sus palabras ni mira de una parte para otra, sino que camina en el temor de Dios y hace sus obras con diligencia, guardando el silencio y amando la tranquilidad de la celda. No murmura, no habla mal de nadie, sino que confía a Dios todo juicio, poniéndose a sí mismo ante sus ojos, y no habla de las cosas que no le han sido confiadas, para dedicarse con más libertad a sí mismo; porque es necio en extremo quien descuida las cosas propias y su entromete en las ajenas.

Guarda, por tanto, la disciplina en todas partes y tendrás paz y gloria grandes.

Procura evitar lo que es indigno. Haz con prontitud lo que agrada a Dios, y no quebrantes la disciplina de la orden por no disgustar a los hombres.

Obra neciamente quien obra contra su conciencia e incurre en ofensa a Dios a causa de los hombres. Pues quien no cumple su deber deshonra a Dios por la prevaricación de la Ley

Si vieres a alguno obrar con negligencia, corrígele como a un hermano, y muévele a la enmienda, pero no sigas su error, ni le ames tanto que consientas con él en mal: no sea que caigas con él y perezcas.

Todo el que es celoso de la disciplina de la orden y recibe las correcciones de buen grado y con alegría, obtendrá de Dios una gracia especial, y en el día de su salida del cuerpo no temerá la mala nueva, antes se alegrará con los elegidos por el premio de su trabajo, según las palabras de Cristo: Bien, siervo bueno y fiel; porque has sido fiel en lo poco, entra en el gozo de tu Señor (Mt 25, 23).

Quien es negligente y despreocupado ofende a Dios y a los hombres; y es peor que el paralítico que yacía en la camilla: porque éste sufría un defecto de naturaleza, pero aquel es vencido por la inercia del corazón.

Es de más virtud dominar las pasiones que ahuyentar a los demonios. Y supone mayor caridad amonestar al desidioso que dar limosna.

¿Qué fervor puede haber en aquel a quien causa hastío la oración y le agrada charlar? Ninguno en absoluto. Pues si ardiera por dentro, evitaría externamente las conversaciones inútiles.

Pero cómo puede uno ser encendido en el fervor del espíritu? Haciéndose frecuentemente violencia contra las malas costumbres y manteniendo el rigor de la orden en la forma que le ha sido señalada.

El tibio siempre se queja de la pesadez de la disciplina; el fervoroso la abraza con alegría.

Pero dices: “Temo romperme la cabeza y debilitarme demasiado”. ¿Qué dices, tibio y disoluto? No sabes lo que sufres. ¿Temes lo pequeño y no temes lo grande? ¿Temes el dolor del cuerpo, y no temes el remordimiento de la mala conciencia? ¿Temes ayunar, temes vigilar, temes guardar silencio, y no temes ser quemado en el fuego, atormentado por los demonios y excluido del reino de Dios? Vano es este temor: pensar con frecuencia en la pequeña aflicción del cuerpo, examinar sólo los males presentes, y no parar la atención en aquellas cosas que eternamente salvar o condenan.

Vuelve a tu corazón; vuélvete hacia Dios que te ha creado; espera en Él y Él te ayudará. Si no puedes servirle sano, sírvele débil, y te coronará de rosas y lirios suavísimos con los santos mártires en el cielo, porque soportaste en la tierra dolores y fatigas.

Por consiguiente, por un pequeño amor de la vida corruptible no admitas cosas ilícitas; no busques los consuelos del siglo; apártate de las conversaciones impertinentes; dedícate a los estudios sagrados; conserva la disciplina; subyuga la carne; cumple la obediencia y salvarás tu alma, según la palabra de Cristo: Quien aborrece su alma en este mundo, la guarda para la vida eterna (Jn 12, 25).

No tengas familiaridad con el indisciplinado; no aprendas sus ligerezas y seas semejante a él para confusión de su orden. Únete al religioso de buena costumbres y al verdaderamente devoto, para que siempre seas edificado en el bien.

Un solo indisciplinado y charlatán inquieta a muchos, y quien le reprime obra muy bien. Ese tal debe ser corregido e increpado muchas veces para que deje sus debilidades y vuelva a los ejercicios devotos.

Que nadie se excuse malamente por otro; por el contrario, que piense en su propia salvación; y el tiempo que le ha sido concedido procure gastarlo con fruto, como dice San Pablo: Mientras hay tiempo, hagamos bien a todos (Gal 6, 10). Obra el bien para aquel que guarda diligentemente la disciplina y en el convento da buen ejemplo a los demás.

Dichoso aquel religioso que se esfuerza por vencer en todo, porque será coronado por todo lo que sufre por Cristo. Para mantener el vigor de la disciplina espiritual, San Pablo exhorta a sus discípulos diciendo: Por lo demás, atended a cuanto hay de verdadero, de honorable, de justo, de puro, de amable, de laudable, de virtuoso, de digno de alabanza. A eso estad atentos y practicad lo que habéis aprendido y recibido y habéis oído y visito en mí (Fil 4, 8-9). Ya veis qué solícito fue San Pablo por la observancia de la disciplina, y por dar buen ejemplo a sus sucesores. En efecto, acumula para sí gran mérito en el cielo quien ama la disciplina en sí y en los demás.



CAPÍTULO 2



DE LAS DIVERAS TENTACIONES Y ASECHANZAS DEL DIAB LO.



En todo lugar pone el diablo asechanzas a los buenos y a los devotos, pero sobre todo a los religiosos congregados en una orden bajo una disciplina. Por lo cual, el primer pastor de la santa Iglesia, San Pedro, pone en guardia a los fieles diciendo: Velad; porque vuestro enemigo el diablo como león rugiente, da vueltas buscando a quién devorar; anual resistidle; resistidle fuertes en la fe (1 Petr 5, 6-9). Por esto también San Juan clama en el Apocalipsis, poniendo sobre aviso: ¡Ay de la tierra y del mar, porque descendió el diablo a vosotros animado de gran furor (Apoc 12, 12).

En verdad que el diablo tienta a los siervos de Dios con más fuerza para abatir la excelencia del estado religioso; y los ataca con mayor asiduidad que a los seglares, porque tiene envidia del resplandor de la santidad de los devotos que viven en la continencia.

Sabe, en efecto, que en el cielo serán premiados más altamente aquellos que vivan más puramente en el mundo. Por tanto, cuanto más fuertes sean las tentaciones, si resisten virilmente y se vencen a sí mismos, tanto más glorioso serán ante Dios en el futuro, porque lucharon con valentía.

Desde que el diablo fue arrojado del cielo por su soberbia, no deja de vara vueltas a la tierra, buscando a quién engañara con malas insinuaciones y herir por la delectación morosa, para hacerle perder la gracia de Dios y arrastrarle, finalmente, con él a la eterna condenación. Y así como en otro tiempo tentó al primer hombre en el paraíso y a los homos de Israel en el desierto, así también ahora tienta y persigue a los religiosos en el claustro, para que vivan remisamente y quebranten sus leyes; para que resistan a los superiores y les desobedezcan, a fin de que, depravados con estos contagios, pierdan la gloria celestial, y tenga él motivo para acusarles gravemente en el juicio.

Hay, pues, que vigilar en todo tiempo y andar con cautela en todo lugar, no sea que Satanás encuentre a los siervos de Dios desidiosos y desarmados, pues él nunca duerme ni se cansa; por el contrario acosa a diestra y siniestra. Fácilmente sorprende a los perezosos; y son éstos los que trabajan poco y quieren comer bien. A los desarmados, en seguida los hiere; y son éstos los que rara vez oran y conservan en su corazón muy poco de la sagrada lectura. A los que divagan los corrompe con atractivos, a los ociosos los encadena con fábulas, para que descuiden sus deberes y estorben a los demás. Incluso a los que obran bien los aparta del bien comenzando; a los que quieren orar o leer les hace dormir; a quienes se esfuerzan por levantarse los retiene en el lecho.



No hay lugar en el claustro que Satanás, el enemigo de los religiosos, deje de visitar, con tal de arrebatar y perder aunque sólo sea una oveja del rebaño de Cristo. Por lo cual es Pastor celestial toca en alto voz la trompeta de la salvación, y dice a sus ovejas: Vigilad y orad, para que no entréis en tentación (Mc 14, 38). Como si dijera: El lobo rapaz de vueltas en torno a vuestra morada; la antigua serpiente busca astutamente un resquicio para entrar en lo más íntimo de vuestro corazón y clavar el diente por le ira y acariciar por la torpeza. Estad., pues, alerta y orad de corazón y de palabra día y noche, porque por todas partes os amenaza la guerra y nada hay seguro bajo el cielo, y muchos adversarios preparados para la batalla envían agudas saetas y ponen lazos a vuestro pies para que caigáis en el camino recto y os aparatéis del propósito santo. No obstante, permaneced firmes y luchad valientemente por vuestras almas. Yo, el Señor, estaré con vosotros. Observad con cautela qué clase de imágenes se os presentan, ya sean del mundo, ya de la carne. Cerrado la puerta de vuestro corazón y armaos con el signo de la cruz para que no entre el diablo, porque viene a tentaros y a induciros al consentimiento en el pecado para que ofendáis a Dios y perdáis su gracia.

“Oh vosotros, religiosos y amigos de Dios!; guardaos de las astutas y mortíferas insinuaciones diabólicas, y no os detengáis en ellas; antes, al contrario, así que sintáis movimientos ilícitos, apartad vuestra mente e invocad al nombre del Señor doliéndoos del mal que se os ha presentado y pensad en Dios y en cosas espirituales, y ejercitaos en el santo dolor de vuestros pecados. Si lo hacéis así, huirá el diablo confundido y se acercarán los santos ángeles enviados para consuelo vuestro, los cuales confortarán vuestras manos contra los poderes aéreos.

Permanecer, pues, en el temor de Dios y vigilad siempre el comienzo de la tentación, y orad con gemidos del corazón en espíritu de humildad.

No sintáis cosa grande ni laudable de vosotros mismos, sino reconoceos verdaderamente hombres frágiles y siervos inútiles. Todo lo bueno que conocéis y hacéis atribuidlo por entero no a vuestra industria y trabajo, sino a la gracia y misericordia divinas.

A nadie teme y evita tanto el diablo como al humilde y al que se desprecia a sí mismo. Y contra nadie tiene tanto poder como contra el soberbio y el que presume de sí. Cuídate, por tanto, de la soberbia si no quieres sufrir la ruina. Si no deseas ser engañado y suplantado, no te ensalces ni te gloríes vanamente.

Por más que el monasterio esté en la soledad, no estás, con todo, libre de tentación, pues el diablo tentó en el desierto a Cristo, que estaba lleno del Espíritu Santo.

Por consiguiente, mientas vivas es necesario luchar contra las asechanzas del diablo y las propias pasiones. Y si alguna vez del demonio te deja en paz por algún tiempo, lo hace para engañarte; para que, cuando estés indefenso y remiso, pueda derribarte súbita e inopinadamente.

Te tienta en el coro para que reces con hastío y atiendas poco al sentido de las palabras. Hace volver a la mente las imágenes de las cosas exteriores que anteriormente has visto y oído para quitarte el fruto de la oración y hacerte el coro pesado.

Te tienta en el refectorio para que comas más y más exquisitamente o murmures de algún defecto.

Te tienta en la celda para que trabajes con desidia, o rara vez ores, o leas poco, y salgas pronto de allí, y te pongas a charlar, y regreses tarde.

Te tienta en tiempo de silencio para que hables sin permiso; y si se puede hablar, en seguida te estimula a la vano y perjudicial para que manches la conciencia y ofendas a tu hermano.

Por tanto, vela y ora siempre a Dios para que te dé gracias contra las astucias de Satanás, que acecha a los consagrados a Dios tanto en las cosas prósperas como en las adversas.



CAPÍTULO 3



DE LA VERDADERA CONVERSIÓN DEL HOMBRE A DIOS, QUE ES EL SUMO BIEN.



Muchas son nuestras desviaciones de Dios, sumo bien, porque, por la propia iniquidad y gran fragilidad, pronto nos deslizamos a desear las cosas inferiores y terrenas, las cuales no pueden saciarnos ni tampoco permanecer con nosotros. Es, pues, necesaria una vuelta cotidiana a Dios, del cual muchas veces nos apartamos hacia nosotros amándonos desordenadamente; o también mirando vanamente a alguna criatura o usando mal de ellas y preocupándonos más de las cosas temporales que de las divinas.

Muchas veces también sentimos gran antipatía por las cosas saludables que favorecen o fomentan la disciplina, y deseamos tener las que son cómodas y agradables, sin fijarnos qué nos dice la conciencia y cuánto desagrada a Dios nuestro apartamiento de él hacia estas cosas caducas. Y aunque sepamos de alguna restricción a favor de la virtud, comenzamos a oponernos tenazmente a sus propósitos y a pensar bajamente de él, y decimos que no hay que hacerle caso. Y este error se halla en la mayor parte de los religiosos, que desean seguir su inclinación contra el beneplácito de Dios y el parecer de su superior, sin acordarse del grave juicio que les espera si confían en sí mismos y en sus propias fuerzas más de lo que conviene.

Esto procede de la soberbia del corazón y de la tentación del diablo, que busca atraer a la laxitud de la carne a quienes luchan por aprovechar en el espíritu. Pues no basta para la verdadera conversión del hombre el cambio del hábito secular, que puede hacerse en un día o en una hora, sino que la verdadera y religiosa conversión se realiza cuando uno se esfuerza por vencer sus vicios y su dedica con gran fervor a las virtudes.

Debemos, por tanto, en cuanto sea posible, los que llevamos un hábito religioso, apartar nuestro corazón de todas las cosas materiales y visibles y elevarnos a contemplar el rostro invisible de nuestro Creador, y tender siempre a las cosas del cielo; y todos los días ya todas horas, siempre que tengamos lugar la divagación de la mente, suplicar humildemente el perdón y suspirar con el profeta: “Vuélvete a nosotros, Dios, Salvador nuestro y aparta tu ira de nosotros (Sal 84, 5). Cuando hacemos esto, Dios recibe con agrado nuestras súplicas y se alegran los santos ángeles en el cielo, porque nos volvemos de todo corazón a Dios nuestro Seor, que es la dicha de todos los santos.



Satanás, por el contrario, trata de alejar al alma religiosa de este sumo bien y apartarla en diversas ocasiones y tentaciones. Suscita pensamientos de soberbia, ira, de gula, de impureza, de envidia, de discordia, de dureza, de mentira, de blasfemia, de desconfianza, de pusilanimidad, de inconstancia, de abatimiento, de negligencia y de otros muchos males que sería largo enumerar; y se esfuerza en retraerla de la dulzura de las cosas celestes y de la pureza angélica y en retenerla por mucho tiempo en cosas bajas y vanas para que, por la excesiva dificultad de vencer las tentaciones, deje de buscar e invocar a Dios, y de este modo posponga, como por cansancio del bien, todo aprovechamiento espiritual y todo trabajo por la guarda del corazón.



Estas son las obras del enemigo, arrojado de la faz del Dios del cielo. (Porque cuando él separado de Dios, trama toda clase de males contra los que obran bien; sobre todo cuando quieren orar y recogerse interiormente y pedir perdón por sus delitos. Impío es grado sumo, acecha astutamente a todos los buenos. Teje sutilmente su red por todo el mundo y la extiende por todas partes. Tienta a monjes y a monjas, y súbditos y a prelados, a ver si logra prender aunque sólo sea un pez en el anzuelo de la concupiscencia y trasladarle de la piscina claustral a la orilla del siglo, donde sufra el contagio del mal por la vista, el oído y por la multitud de locas y vanas alegrías.



Por lo cual, el religioso, siervo de Dios, guarde diligentemente sus caminos y reprima las divagaciones tanto de la mente como de la imaginación, no sea que pierda el sumo bien, que no puede ser poseído con cosas vanas. En seguida que se sienta arrastrado e impedido, vuelva a Dios por la oración y contrición, y ore y diga con el santo David: Mis ojos están siempre en el Señor, porque Él es quien saca mis pies de la red (Sal 24, 15). Porque, así como pecando y deleitándose en las criaturas, el hombre es hecho prisionero del demonio, así por el arrepentimiento, se vuelve a Dios y recupera su libertad. Pecando queda sucio, frío y árido; pero orando y llorando las faltas cometidas, se limpia, enciende y recibe el riego de la gracia divina. Y muchas veces, escarmentando por la facilidad de su desliz, queda instruido y afianzado a guardar mayor cautela y rigor.



Está verdaderamente convertido y no lleva en vano el nombre y el habito de religioso aquel que muere por completo al siglo y gusta de vivir solamente para Cristo; aquel que refiere a Dios, en último término, todas sus obras y pensamientos; aquel que en todas sus palabras y obras busca y desea únicamente la honra de Dios y la alabanza de su nombre, no queriendo retener nada para su amor propio y su propia comodidad; aquel que se ofrece y eleva a sí mismo con todo el bien que se hace en el cielo y en la tierra, dando inmensas gracias a Dios, sumo bien, de quien desciende y dimana todo bien creado.



CAPÍTULO 4

DE LA OBEDIENCIA DEL SÚBDITO HUMILDE PARA CON SU PRELADO



Al buen súbdito pertenece abrazar alegremente el mandato de la obediencia y no retener nada de la propia voluntad, sino, a ejemplo de Cristo, confiarse voluntariamente en las manos de Dios y de su prelado, porque éste es el don más grato que puede ofrecer a Dios.



Guárdese, pues, todo buen súbdito de juzgar temerariamente a su prelado y escudriñar curiosamente sus caminos; al contrario, interprete siempre en buen sentido sus palabras y obras. Y si aparecen en él cosas menos útiles e incluso verdaderos defectos, no le desprecie ni le arguya, sino excúsele y sopórtele piadosamente; y si es preciso, avísele caritativamente por sí mismo o por otro más idóneo, porque lleva sobre sí un gran peso. Pida también por él en secreto para que Dios le guarde y conforte, pues no hay nadie en toda la casa que tenga todos los días tanta solicitud por todos.

Verdaderamente, rara vez se encontrará un prelado que pueda satisfacer a todos o agradar a cada uno, según su deseo. Por tanto, debe ser ayudado y honrado por los súbditos y soportado por todos, y excusado ante los monjes imperfectos, que pronto se enfadan cuando se les resiste y se les niega algo. Él es ciertamente quien tiene que soportar a todos, quien está presente en la boca de todos y a quien fácilmente se le imputa lo que está mal hecho o sea le juzga por lo que está a medio hacer. Pero esto no es virtuoso, ni tampoco el deseo de los envidiosos que buscan en el prelado únicamente lo que pueden echarle en cara. No se ha de dar crédito ni estar de acuerdo con aquel que difama a su superior y busca razones para no obedecerle, no queriendo someterse al vicario de Cristo, que habla por boca de Dios para la salud del súbdito, constituido bajo el poder del superior.



Muy soberbiamente piensa y peligrosamente obra quien abunda pertinazmente en su sentido, de suerte que anteponga su propio parecer a la ordenación del superior. Mas el que atiende al mérito de la santa obediencia y piensa en la obediencia de Cristo y en la vida de los santos, se afana sin dilación ni murmuración por cumplir lo que se la ha mandado, sin tratar de averiguar por qué se lo han mandado, sino que incluso lo que parece pequeñez insignificante lo eleva dignamente por la virtud de la obediencia y lo convierte en provecho de su alma. Esto sí que es muy laudable y honesto y sumamente meritorio entre las obras meritorias y más seguro par la propia conciencia. Porque es propio de los súbditos someterse humildemente a los consejos de los mayores y obedecer a los prelados con docilidad.



He aquí la máxima sabiduría: no fiarse del propio talento y preferir la obediencia sencilla a todas las razones y cosas particulares. Quien hace esto agrada a Dios, y será querido por su prelado, al cual dará favorable cuenta de él ante el tribunal de Dios. Un súbdito así alivia mucho la carga de su prelado y mira salientísimamente por sí en el futuro para no verse en gran peligro en el juicio de Dios.



Quien desea alcanzar pronto la suma perfección procure, ante todo, perfeccionarse en la obediencia.



Grande y egregia virtud es la simple y pura obediencia, que no sabe de tardíos cumplimientos ni busca argumentos para eximirse, sino que cumple los mandatos sin quejarse. Por esto se le debe una gran corona, y recibirá la palma con los mártires, porque luchó valientemente y sometió la naturaleza, obedeciendo hasta la muerte. Porque es cosa recia vencerse por completo y negarse a sí mismo por la obediencia. Este es el mayor elogio de los monjes, la más bella corona de todos los buenos religiosos.



Feliz y venerable obediencia, predicada y observada por nuestro Señor Jesucristo, eterna sabiduría del Padre, con estas palabras: Porque he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió (Jn 6, 38). Y cuando iba al lugar de la pasión oró de este modo con abnegación absoluta de la propia voluntad: Padre, si no puede pasar esta cáliz sin que yo lo beba, hágase tu voluntad (Mt 26, 42).



También dio muestras de ella con prontitud y la expresó plenísimamente la bienaventurada Madre de Jesús, la Virgen María, respondiendo al ángel con estas palabras: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra (Lc 1, 38). Así conviene, así debe esforzarse por hacer y decir el buen súbdito ante el superior con humildad y reverencia: “Heme aquí, padre, como decís y resolvéis, asó lo haré a gusto según mis fuerzas”.



En verdad que esta virtud se prefiere a las víctimas y dones; ésta borra los males pasados, preserva de los futuros, aminora el castigo y salva de la condenación eterna. Por ella se hace el hombre agradable a Dios y tan familiar a Cristo que merece ser su hermano: Quienquiera que hiciere la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre (Mt 12, 50).

¡Qué preciosa es esta virtud en los súbditos, que les pone delante de Dios a resguardo de las culpas de que les acusan! Todo el que escoge y mantiene este virtud se encamina seguramente a la patria que Adán y Eva perdieron por su desobediencia, y que Cristo y María nos recuperaron obedeciendo. Era santa y simple obediencia aprovecha más que la doctrina profunda; es más útil que el poder y más segura que la dignidad o prelacía. Y si la obediencia se halla juntamente con ciencia y dignidad, en alto grado ha de ser recomendada aquella alma y tenido por muy grande entre los santos.

El ejemplo de perfecta obediencia resplandece en el patriarca Abraham, que por obedecer a Dios salió de su patria y parentela y se mostró preparado para inmolar a su propio hijo único. Por lo cual mereció ser bendecido por voz celestial y nombrado padre de muchas gentes y honrado por todos los siglos.

A esta utilísima virtud de obediencia exhorta la carta a los Hebreos: Obedeced a vuestros pastores y estadles sujetos, que ellos velas sobre vuestras almas, como quien ha de dar cuenta de ellas, para que los hagan con alegría y sin gemidos, que esto sería para vosotros poco venturoso (Vd. 13, 17).



Esta santa obediencia, absolutamente necesaria para la salvación, la recomiendan muchos testimonios del Antiguo y del Nuevo Testamento, y los ejemplos devotísimos de los santos. Las leyes y los códigos de todos los pueblos dictan que tal obediencia se ha de mostrar a los mayores y superiores con humilde sometimiento y reverencia.



Recapacite, por tanto, aquel a quien le cueste obedecer y trata muchas veces de excusarse o apartarse astutamente de la obediencia, qué súbditos quisiera tener él; ciertamente buenos y humildes, y no rebeldes. Procure, pues, ser tal para su prelado como quisiera tenerlos él si fuera elegido para presidir. Aprenda antes a someterse humildemente a otro y a obedecer reverentemente par ser digno de instruir a los otros y poder gobernar útilmente, y no se vea sorprendido con una gran responsabilidad ante Dios si exige de los otros aquello que él no cumple.



¿Cómo puede conservarse el estado religioso del convento en los claustros, si los súbditos no obedecer a sus prelados? Porque si todos quieren gobernar y cada cual trata de hacer lo que le place, habrá gran confusión y turbación; la disciplina perecerá, crecerá la disolución, el temor de Dios se irá alejando y reinará la libertad de la carne. En efecto, donde la obediencia no se cumple y se venera poco al prelado, el buen gobierno cae por tierra.



CAPÍTULO IV

DEL LA GUARDA DEL CORAZÓN Y DEL RETORNO AL INTERIOR



Aunque el hombre se inclina fácilmente a lo exterior y su apetito sensitivo toma con gusto algún consuelo de las criaturas, debe procurar volver prontamente a sí mismo por la contrición del espíritu: no sea que pierda interiormente mayor gracia, porque se torna inconstante y resbaladiza si sigue sus deseos de ver y tener curiosidades.



Por lo mismo, vigila constantemente en la guarda del corazón y recógete oportunamente en tu interior. Oblígate, con violencia si es preciso, a entrar en lo más profundo de tu corazón, ya que, si dentro no hay paz, nada te aprovechará lo que externamente consigas de las cosas terreas.



Es muy útil para la paz y custodia del corazón ordenar discretamente sus ocupaciones exteriores reservándote algunos ejercicios espirituales, de modo que sepas cuándo debes leer, cuándo debes orar, cuándo trabajar, cuándo meditar, cuándo estar callado, cuándo hablar, cuándo estar solo, cuándo con los demás; y haz todas las cosas a su tiempo con buena deliberación, y nunca estés libre de alguna obra santa o de algún ejercicio piadoso.

Hay ciertas cosas que debes evitar completamente: las conversaciones frívolas y las noticias del siglo, el trato con mujeres, las familiaridades con los jóvenes, las visitas de los amigos, los saludos de los huéspedes, porque esto distrae la mente y mancha la conciencia, y quien goza con tales cosas se empobrece de los bienes internos.



Hay otras que debes conservar con energía: el rigor de la observancia en el silencio, en el ayuno, en las vigilias y en las demás austeridades que miran al castigo del cuerpo, ya que si el cuerpo no está sujeto al freno de la disciplina monacal, se vuelve contrario al espíritu y suscita en el alma muchas tentaciones que ciegan el entendimiento y enfrían el fervor de la devoción.



Hay cosas que debes soportar pacientemente: la falta de las cosas temporales, la incomprensión de los buenos, las vejaciones de los enemigos, las enfermedades del cuerpo, las costumbres de los imperfectos, la severidad de las palabras, la falta de consuelo interior y las aflicciones de los amigos, en lo cual se prueba el hombre y se purifica como en el fuego y si usa bien de estas contrariedades, le reportarán el mérito de una gran recompensa eterna.



Hay también cosas que debes rechazar en seguida: los vicios manifiestos y los pecados contrarios a los mandamientos de Dios y a las virtudes. A veces se insinúan ocultamente bajo la forma de dispensa lícita; pero, otras muchas, la concupiscencia o la tibieza estimulan más allá del límite de la necesidad; de donde es preciso prevenirse contra el veneno de la seducción. Por tanto, según el consejo del sabio, guarda tu corazón con toda diligencia para que no entre nada impuro que ofenda a Dios. Si notas ser arrastrada por algún vicio, aplica oportunamente el remedio: no sea que, por diferirlo demasiado, aumente la pasión y sea peor. No hay vicio tan grave que no pueda ser Urano si se manifiesta la herida y se hace el consejo del médico espiritual. Pero una cosa es conocer el remedio y otra aplicarlo. Muchos saben muy bien lo que hay que hacer o evitar, pero no ponen diligencia para la custodia del corazón y de la boca; y por esto, a la más leve ocasión, son arrastrados a los vicios de antaño.



En este vida, que es toda ella tentación, es necesario luchar cada día, hacer propósitos firmes e implorar la divina gracia; hasta que esta vida lúbrica y de lucha interior haya terminado.



No se encuentra acá en la tierra el remedio que cure completamente todas las enfermedades de los vicios, se suerte que no se sienta ningún movimiento de concupiscencia, ya que esto es un don de la futura bienaventuranza, prometido a los santos. No obstante, con la ayuda de la gracia, pueden ser refrendados los movimientos pecaminosos y evitadas las ocasiones de pecar y lavadas por la penitencia las muchas contraídas a lo largo del día.



Gran trabajo es guardarse de los vicios que nos invades y no ser afectado por las cosas sensibles externas. Pues o te mueve el Creador o la criatura; y así según el estado de la mente, son conmovidos con facilidad los afectos del corazón y los miembros del cuerpo, y nada se hace de palabra o de obra que no proceda de la raíz del corazón. El hombre bueno saca cosas buenas del buen tesoro de su corazón; y el mal, malas, dice el Señor (Mt 12, 35).



Debes, pues, velar mucho por la custodia del corazón y considerar qué pensamientos y deseos llevas dentro, para rechazar pronto los malos y seguir los buenos, y pensar siempre y solícitamente en la mayor utilidad de tu alma, según aquellas palabras del profeta: Mi vida está en constante peligro, pero no he olvidado tu ley (Sal 118, 109). Si esto hizo el santo rey David, poseyendo el cuidado de todo el reino, ¡cuánto más el religioso, que ha hecho profesión a Dios, debe tener siempre presente, descuidadas todas las preocupaciones terrenas, la salvación eterna de su alma!



A la pureza del corazón ayudan mucho la soledad y el silencio: estudiar, leer, orar, meditar y no querer saber nada de las cosas del mundo, porque muchas veces dañan más las cosas malas oídas que aprovechan las buenas leídas en los libros. Pues apenas se halla una acción tan buena que no esté mezclada con algún mal. Y en toda palabra o acción el enemigo tiende sus lazos para retraer la mente de su dedicación interior. Conoce ciertamente el corazón humano, y sabe muy bien que, si no se deleita en el bien, pronto se desliza hacia el mal.





CAPÍTULO 6



DE LA GUARDA DE LA BOCA Y DEL EJERCICIO DEL TRABAJO



Pon un candado a tu boca, porque es preciso que des cuenta de toda palabra ociosa (Mt 112, 36). Si alguno cree ser religioso y no refrena su lengua –dice el apóstol Santiago – se engaña, porque vana es su religión (Santiago 1, 26). Pues del descuido de la lengua suelen venir muchos males, de los cuales está libre el hombre silencioso, y no tiene necesidad de confesar su culpa. Procura, por tanto, estar callado voluntariamente y precaverte de palabras ociosas, porque la conversación prolongada extingue la devoción, engendra la disipación, hace gustar mal el tiempo, daña la conciencia y ofende a los demás.



El silencio es una norma antigua de los religiosos introducida por los Santos Padres y observada con gran diligencia. Quien la quebranta a la ligera, ofende a Dios y a todos los santos.



Cristo dijo: Sea vuestra palabra: sí, sí; no, no. Todo lo que pasa de esto, de mal procede (Mt 5, 37). Enseña, según esto, a hablar breve y llanamente cuando está permitido; mas, cuando no lo está, hay que callar.



Si quieres guardar bien el silencio, huye de la gente y vete a un lugar oculto para orar, o a la celda para leer o escribir. Mejor sería que leyeres un salmo o recitaras la oración dominical por tus pecados o por tus amigos que perder el tiempo charlando de cosas profanas.



El no hacer nada y charlas de cosas ociosas no ha de llamarse verdadera recreación, sino más bien execración, cuando se olvide la obra de Dios y se dicen tonterías. Ve, pues, a tu obra y trabaja en la viña de Dios por el denario de la vida eterna; para que no te recrimine el padre de familia: ¿Qué haces aquí todo el día ocioso? (Mt 20, 6).



Alaba la Escritura al que obra bien, recompensa Cristo al siervo fiel, reprende al perezoso y díscolo, manda que se le quite la gracia concedida y le sea dada al que obra con más fervor. Pues vendrá el tiempo en que no podrás trabajar más ni hablar un sola palabra por la grave enfermedad. De este modo debes estar prevenido y temblar siempre ante la última hora, para que no te encuentre con las manos vacías.



Por esto dijo Jesús a sus discípulos: Es preciso que yo haga las obras del que me envió mientras es de día; venida la noche, ya nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo (Jn 9, 4-5). Toma, pues, ejemplo de Jesucristo, de San Pablo, de San Antonio, de San Agustín, de San Jerónimo, de San Benito, de San Francisco, de Santo Domingo y de todos los Santos Padres que escribieron las reglas de los monjes y fundaron una religión. En verdad, mucho trabajaron éstos en la orden, y por la vida eterna castigaron duramente sus cuerpos con muchos ayunos, en soledad y silencio, con vigilias y oraciones, y con otras observancias y trabajos muy del agrado de Dios, en el servicio del Señor.



¿Qué, pues? ¿Piensas que charlando y yendo de aquí para allá conseguirás la corona gloriosísima, que los santos de Dios han alcanzado derramando su sangre y soportando gravísimos tormentos? De ninguna manera. Sino que, si no hiciereis penitencia – dice Jesús - , todos igualmente pereceréis (Lc 13, 3). Dura sentencia, pero útil para tu enmienda y para guardar la disciplina. Corrige ya tu vida y no temerás el castigo, sino que tendrás la gloria eterna.



CAPÍTULO 7

DE LA RECOMENDACIÓN DE LA CELDA Y DE LA SOLEDAD





Quien ama la celda y mora en ella a gusto, está libre de muchos pecados y tentaciones. Cuanto más asiduamente se la habita, tanto más agrada y se la ama. Cuanto más negligentemente se guarda y rara vez se entra en ella, tanto más se teme y causa hastío.



Dichoso aquel que la ama y la habita, porque la unción del Espíritu Santo le instruirá. Dichoso aquel a quien le ha sido dado habitar la celda y persevera en ella hasta el término de su vida. ¡Ay de aquel que, a la más ligera ocasión , la abandona y le gusta estar fuera!: pronto será seducido y sorprendido y perjudicado.,



Por no haberla buscado con afán, muchos fueron arrojados a las obras del siglo en diversas ocasiones y se perdieron de mala manera.



¡Pobres de nosotros si no podemos perseverar en ella hasta tanto que nos reporte el fruto maduro” Así debe conducirse el hombre: como si cada día tuviera que ira al sepulcro, pues para éste la celda no es hastío, sino morada de paz. Y así como para el hombre constante la celda es una paraíso, de la misma manera es para el inquieto una cárcel y un cepo.



Cosa buena es y digna de alabanza estar alegremente encerrado allí por Dios. Pues muchos santos mártires fueron encarcelados y condenados por causa de Cristo. Elige, por tanto, estar atado allí espontáneamente, para que puedas ser igualado a los méritos de los santos.



Impúlsate el temor de Dios más que el hierra, la caridad más que la necesidad declarada. Si no te retiene el amor, al menos el temor de Dios. No estás mal atado si, espoleado por el temor del infierno, te encierras para penitencia de tus pecados. Están mal atados los que buscan divagar con el corazón y el espíritu. Está bien encerrado el que está consagrado a Dios y no está inclinado a salir fuera de la celda.



Si quieres permanecer en ella, no estés nunca ocioso. La acidia y el ocio echan de la celda al monje charlatán. El que ama el silencio y trabaja con tranquilidad, será buen custodio de la celda.



Si te asalta el tedio de la celda, agoniza en ella por Cristo, y no permitas ser arrojado de ella por cualquier motivo. Si permaneces constante, pronto tu cárcel se convertirá en paraíso de placer. Los santos, retenidos en las cárceles a causa de Cristo, fueron con frecuencia visitados por los ángeles y consolados abundantemente. A ti también, si te encierras en la celda pacientemente por Cristo, te llegará pronto, por la misericordia de Dios, la luz celestial, el gozo de la buena conciencia y gran aprovechamiento espiritual.



Quien reside en la cela está libre de muchos peligros. Quien va de una parte a otra está expuesto a otros tantos.



No pueden ser suficientemente explicadas las ventajas de la celda, como tampoco los inconvenientes de los que viven fuera de ella. El que guarda la celda es como el que guarda la boca: no oye las murmuraciones, no percibe los murmullos, no ve las vanidades, no es arrastrado a las ligerezas.



El buen amante de la celda, o lee, o reza, o gime, o medita, o escribe, o corrige libros, o hace cualquier otra cosa buena.



El buen amador de la celda es ciudadano del cielo, amigo de Dios, compañero de los ángeles, conocedor de los secretos, expulsor de los demonios, guerrero contra los vicios, despreciador de lo mundano, libre de preocupaciones, poseedor del descanso y de la paz, amador de las Escrituras, especulador de la verdad, gustador de la pureza, continuo en la oración, recogido en santa meditación y destructor de toda divagación.



Piensa que solamente Dios y tu estáis en el mundo, y tendrás gran tranquilidad en tu corazón.



Recuerda que el ángel halló a María orando En su habitación, no fuera, hablando con los hombres. Pues quien desea conocer los secretos celestiales es necesario que se aleje de los hombres. Así, en efecto, hizo Moisés, el cual, abandonada la multitud de los hombres permaneció a solas con Dios en el monte, para ser digno de recibir la ley del Señor. lee alguna vez estas cosas para que te sea dulce el morar en la celda.



CAPÍTULO 8

DE LA CELEBRACIÓN DEL CORO Y DEL OFICIO DIVINO



El coro es el lugar sagrado de Dios y de los santos ángeles; allí se celebra el oficio divino con la presencia de los ministros de la Iglesia, que cantan himnos con reverencia y devoción.



Como los ángeles en el cielo, así los religiosos están ordenados en el coro. La misión de los ángeles es alabar siempre a Dios; la de los religiosos es salmodiar y rezar atentamente. Procura estar y cantar en el coro como si estuvieras en medio de los ángeles.



Acuérdate de Jesús, tu amado Señor, recostado en el pesebre, o colgado de la cruz, o sentado a la diestra del Padre, como si estuvieses y cantases delante de Él. Esté Él en tus labios para pronunciar abierta y claramente las palabras del Espíritu Santo; por cuya obra y gracia ha sido ordenado el oficio.



Por a Jesús a tus derecha y a María a tu izquierda, y a todos los santos a su alrededor. Todos tus hermanos sean para ti como los ángeles de Dios.



Y con quienes cantas ahora en la tierra confía que habrás de cantar también en el cielo.



Una vida pura y una conciencia tranquila se goza en las alabanzas divinas. El hombre inquieto y tibio reza con sueño y cansancio.



Si vences la pereza y apartas tu corazón de las distracciones, preparas el camino a la devoción, y siempre te alegrarás al fin.



Las muchas preocupaciones ahogan la palabra de Dios y los largos coloquios causan la distracción de la mente. Lo que el hombre hace antes, esto mismo con frecuencia se la presenta después en la oración. Allí no viene el enemigos si no es para sembrar cizaña.



El devoto del coro sólo mira por Dios y por sí mismo, como si estuviese transportado y elevado en el coro celestial.



Terminadas las cosas que componen el oficio divino, no te entregues al exterior, no vayas a perder la gracia que has conseguido por la oración; sino más bien debes reconcentrarte después de expresar los deseos de tus labios y permanecer ajeno a todo ruido de una mayor acción de gracias, rumiando lo que oíste cantar.



¿Qué aprovecha alabar a Dios durante una hora si en la siguiente comienzas a tratar cosas profanas e inútiles? No comprometas el fruto precioso de tus cánticos y el trabajo de la obra de Dios por chistes vanos y tonterías; pues de esa forma desaparece pronto la devoción que se guardaba bajo el freno del silencio. Y cuando sientas cansancio por algún oficio largo, piensa que, una vez terminado, volarás al cielo. Y si esto no te ayuda, acuérdate que es más llevadero velar y cantar tres o cuatro horas que arder un sola en el purgatorio.



Es ciertamente de gran mérito asistir a las sagradas horas canónicas y recitar las alabanzas de Dios con alegría, en compañía de muchos hermanos en la santa iglesia.



Si no podemos orar sin interrupción o contemplar con los perfectos, debemos al menos, poner toda diligencia en ciertas horas destinadas a esto, para salmodiar atenta y devotamente.



En tan santo servicio no sólo ganas tú, mereciendo del Señor la eterna recompensa, sino que también puedes ser útil a todos los fieles de Cristo y sobre todo a los difuntos, implorado la gracia y el perdón en las horas canónicas del día y en las misas; y tanto más plenamente cuanto más asidua y fervorosamente ores por todos.



No dejará de tener su justo premio cualquier palabra dicha atentamente. Como también serás severamente castigado por todo lo que recites con negligencia. No es, en efecto, pecado ligero estar en presencia de Dios y de los santos con el corazón distraído y atender muy poco a las palabras sagradas. ¡Cuánta irreverencia supone estar pensando en dichos o hechos sin trascendencia allí donde, dejadas a un lado todas las preocupaciones, sólo conviene atender a las obras y arcanos divinos!



En esto se conoce el verdadero religioso interior: si se ocupa con fervor en las alabanzas de Dios, ni le agrada algo que no sea pensar o hacer las cosas que más agradan a Dios, y estar en comunión con los espíritus angélicos. Y esto es orar siempre, a saber: alabar, bendecir y glorificar a Dios de todo corazón, como dice David en el salmo: Yo bendeciré siempre al señor; su alabanza estará siempre en mi boca (Sal 33, 2).



Por tanto, quien está desganado o callado o ausente de las alabanzas de Dios, no es su amigo, ni ciudadano del cielo; porque los ángeles siempre están alabando a Dios, y entonan al unísono el santo, santo, santo, en alabanza a la Santísima Trinidad. Con razón se les llama también aves del cielo, porque con el sonido de sus alas nos invitan a cantar.



Entre todas las obras del alma fiel no hay ocupación tan fructuosa ni servidumbre tan grata a Dios como orar con frecuencia y devoción y alabar a Dios con todo el afecto del corazón.



¡Ay, pues, de aquellos que no arden en el amor divino, sino que se vuelven a ocupaciones ajenas y ni oran ni dejan orar a los demás, y donde deberían enmendarse de sus pecados, añaden otros a os ya cometidos! Tales son los que entran tarde en a iglesia y salen los primeros; lo que aman las misas cortad y se ejercitan en largas comilonas; los que se deleitan llenos de pasatiempos y diversiones y apenas dan debidamente las gracias a Dios por los beneficios: porque se gozan de alimentar más al cuerpo que al alma.



No obrará así el buen religioso consagrado al servicio de Dios; antes bien, consciente de todos los beneficios de Dios, que son infinitos, procure pernoctar con Jesús en la oración cantando himnos y salmos, ofreciendo las hostias sagradas, persistiendo en meditaciones devotas y levantando siempre su corazón hacia Dios.



CAPÍTULO 9

DE LA DISCRECIÓN QUE SE HA DE GUARDAR EN TODO EJERCICIO ESPIRITUAL



El siervo de Dios debe hacer las cosas bajo el control de la discreción. Trata, pues, de seguir un camino real, de modo que, ni demasiado condescendiente con la carne ni demasiado rígido por el fervor, te apartes del fin.



Si quieres guardar un orden estable de buen vivir, camina en medio de los extremos, de suerte que no pretendas por arrogancia cosas que están por encima de tus fuerzas, ni omitas por inercia cosas que puedes hacer cómodamente.



No te pide Dios la destrucción de tu cuerpo, sino el freno de tus vicios. No exige cosas imposibles, sino útiles para tu salvación. Da sanos consejos, provee lo necesario para la vida, para que uses bien del servicio del cuerpo para provecho del alma y en nada sobrepases la medida de la discreción.



Pues correr hoy y mañana estar rendido, no es aprovechar en el camino de Dios, sino confundirse uno a sí mismo e impedir el avance. Querer ahora no tener nada y mañana tomar lo superfluo, no es amar la pobres, sino fomentar la pasión. Rehusar ahora lo necesario y mañana buscar lo extraordinario, no es hacer abstinencia, sino excitar la gula. No querer ahora comer lo que te presentan y murmurar mañana de la falta de alimento, no es señal de alma abstinente, sino muestra de impaciencia. Leer o escribir tanto ahora que se siga dolor de cabeza, no es alimentar el alma, sino volverse impotente para otras buenas obras. Hoy no hablar palabra y mañana hacerse disoluto y quebrantar el silencio, no es tener celo del orden, sino escandalizar a muchos en el orden. Cantar hoy en voz tan alta que mañana no puedas hablar o apenas abrir la boca para cantar, no es alabar a Dios, sino perturbar a los otros en el coro. Todo aquello que excede la moderación y no guarda la discreción, no agrada a Dios ni suele durar mucho tiempo.



Es, pues, necesario en toda obra espiritual, para llevar a cabo debidamente la acción emprendida, que guardes la norma común y evites toda nota de singularidad, y que es las dudas y perplejidades sigas el consejo del superior; y con la medida de la discreción cumplas la obediencia sin engaño.



El poder estar siempre en el supremo grado de devoción no es propio de la fragilidad humana, y estar demasiado inclinado al exterior y agitado por lo terreno no es propio del aprovechamiento espiritual, sino pérdida de toda religiosidad.



Y si, por una gracia especial, hubieses sido visitado y embriagado de Dios, recuerda que eres hombre, no ángel; que llevas aún el peso de la carne, no la estola del alma; reconoce que te ha sido dada la gracia, que no ha nacido contigo.



Guárdate, por tanto, de querer saber más de lo que conviene saber; mezcla más bien el gozo con el temor, y no pretendas cosas demasiado elevadas, no sea que después, humillado, te veas envuelto en la desesperación.



Cuanto trabajes externamente y trates problemas necesarios, no te dejes absorber del todo por las cosas visibles; al contrario, elévate a Dios por la frecuente meditación. Piensa para qué son hechas y ejercidas estas cosas exteriores, porque deben ayudar al siervo de Dios más bien que estorbarle; en cuanto que, moderadas perfectamente las cosas terrenas, se tienda más fácilmente a las eternas e invisibles.



Mas, para poseer la virtud de la discreción en el obrar y el don de sabiduría en el descanso, lo conseguirás mejor orando devotamente y pidiéndolo a Dios humildemente que confiando en el propio esfuerzo y trabajo.



CAPÍTULO 10

ORACIÓN DE LA PERFECTA COMUMACIÓN DE LAS VIRTUDES



Señor, Padre Santísimo, que has hecho todas las cosas en número, peso y medida y quieres que toda criatura racional reconozca la sumisión que te es debida, y, sobre todo, que amas y buscas el servicio espontáneo en tus siervos; te ruega dirijas mis actos espontáneos según tu beneplácito, y doblega al imperio de tu eterna disposición los movimientos rebeldes de mi carne, y concédeme romper por entero con mi propia voluntad.



Ordena de tal manera todos mis afectos, que rechace desde el principio los malos, retenga fuertemente los buenos, ame los puros y aprenda a contemplarte sin imagen corpórea.



Modera de tal modo mis actividades terrenas y externas, que nunca me adhiera por completo a ellas, sino que siempre pueda volverme a mi interior y sin dificultad alguna ascender a las celestiales. Auméntame el deseo de las cosas eternas, el amor de as santas virtudes, el goce de las cosas celestiales, de suerte que tú, Señor Dios, tengas con ello mayor honra y yo reciba provecho saludable.



No me venga por tu visita el peso de la soberbia si me agite la peste de la vanagloria. No permitas verme engañado por Satanás, ni arrastrado por la falsa dulzura, ni apartado fuera de las comunidad por una devoción privada, ni destrozado por el ejercicio excesivo; sino concédeme hacerlo todo con discreción, no intentar nada sin un consejo oportuno, caminar pura y libremente en tu presencia con temor y reverencia, sin pasión y afecto de las cosas corruptibles.



Dame poseer un espíritu humilde y tranquilo; no ser nunca extrovertido e inmoderado; jamás adherirme a criatura alguna con afecto vicioso, sino conservar únicamente para tai mi corazón limpio y pacífico, para que, puesta siempre la mirada en el cielo y consagrado secretamente a ti, Dios mío, no me conmueva ninguna cosa visible, sino que permanezca siempre despreciador verdadero del mundo.



Otórgame llevar a cabo las cosas exteriores de tal manera que no supongan daño alguna a mi interior, sino que cualquier trabajo y obra emprendida en tu honor me sirva de ayuda y guía para dedicarme a ti con más libertad.



Todo lo que haga externamente o lo que pueda interiormente entender, concédeme hacerlo sencilla y puramente, para mayor gloria d tu nombre y por amor de tu voluntad santísima; y concédeme abandonarme prontamente en tus manos en toda cosa deseable o contraria a la naturaleza; soportar pacientemente el peso de la vida presente hasta que ordenes el término de mi vocación; y encomendarte fielmente mi cuerpo y alma a ti, mi Creador.



Acuérdate de mí, ¡oh Dios!, en la hora de la extrema necesidad, y obra misericordiosamente con tu siervo, pues no confío en mis méritos, sino tan sólo en tu piedad y misericordia infinitas.



CAPÍTULO 11

DEL AMOR DE DIOS Y DEL PRÓJIMO Y DEL ODIO DE LOS VICIOS



Dios es la felicidad del alma, y con ningún buen creado es feliz el alma, ni verdaderamente sabia, si no es amando a Dios sobre todas las cosas y despreciando de corazón las cosas que están por debajo de Dios. Por esto dice San Pablo: Todo lo tengo por estiércol con tal de gozar a Cristo (Fil 3, 8).



La caridad es virtud noble y nacida de Dios, que hace celeste y ajena al mundo del alma henchida de ella. La caridad odio los vicios, reprueba los placeres pecaminosos, persigue el mal y violenta la naturaleza para vencer lo que es contrario a Dios y a las virtudes.



Así como el agua y el fuego son contrarios, así no se avienen Dios y el amor del mundo. Cuanto más se vence uno a sí mismo y corrige sus fallos, tanto más crece en él el amor de Dios y se marchita y se apaga el afecto de la carne.



El que se comporta mal y no se duele de esto, sino que permanece incorregible, lesiona la caridad y disipa el bien de la paz.



No es apto para la concordia sino aquel que abandona sus malos costumbres, con que puede ofender a Dios y a los que habitan consigo. Si quieres tener la caridad de Dios y guardar la paz entre los hermanos, doblega tu propia voluntad y no hagas nada por soberbia, sino en todas las cosas humíllate y ti mismo.



El camino para alcanzar la caridad es descender por la humildad. Porque quien soberbiamente piensa de sí, se aparta muy lejos de la caridad.



Muchas veces se piensa que es caridad, y es más bien carnalidad. Beber vino con fruición y hablar con las mujeres es carnalidad. Comer opíparamente y vestirse pulcramente es carnalidad. Hablar mucho y obra poro es carnalidad. Casi nunca orar y andar frecuentemente de una parta para otra es carnalidad. Ser pronto para la mesa y tardo para la oración es carnalidad.



Demuestra tener verdadera caridad aquel que odio radicalmente la vanidad del mundo y huye del trato carnal. En efecto, la santa caridad no busca en los hombres el consuelo terreno, sino el provecho espiritual.



Piensa la caridad que el alma está hecha a imagen de Dios y rehúye, como nociva, la carne, que está inclinada al mal.



No debe decirse que hay caridad donde no hay celo de la justicia ni fervor de la disciplina.



Todo el que ama de verdad a Dios y al prójimo no debe disimular la injuria de Dios y el daño de las almas. La paz es buena con las virtudes; con los vicios, siempre mala.



Allí hay buen estado y paz en la casa donde se corrigen los defectos y se extirpan al punto los vicios.



CAPÍTULO 12

DE LA ABSTINENCIA Y CASTIAD



Una comida y bebida sobre es la salud del alma y del cuerpo. La escasez enseña a amar la pobreza.



Rara virtud: la continencia en medio de placeres. La abundancia en lo temporal es ocasión de disensiones y madre de todos los vicios.



Más segura está la caridad en la pobreza que en las muchas riquezas. La indigencia corporal es medicina del alma fiel.



El dolor del corazón impide la disipación, y el temor de Dios cierra los ojos altaneros. De la misma manera que la vista impúdica daña, así también el oír cosas deshonestas. Guárdese el alma santa de la cercanía de los cuerpos, porque la carne pronto afecta a la carne. Amar lo bello y apetecer lo suave no fomenta la virtud de la caridad. Mas el que abraza lo vil y amargo por la castidad, puede vencer más fácilmente la carne; pues cuanto más se reprime la carne, tanto más se eleva el espíritu.



Quien se aparta de todo contacto del cuerpo, recibirá en el alma la suavidad de la castidad.

Quien ama la soledad, estará más puro de las manchas de lo mundano.

Quien cree que su cuerpo es la cárcel del alma, no se ocupará en adornarlo ni exhibirlo, porque en seguida se convertirá en lodo y hedor. Considerar el exterior del hombre y gloriarse de la belleza o fortaleza es cosa vana y viciosa.



Los santos vivieron en mucha abstinencia y disciplina del cuerpo, y, en vez de la presente aflicción, recibieron el consuelo del Espíritu Santo. No es digno de ser consolado por Dios quien se deleita en los bienes transitorios y se apenas por la escasez de ellos.



Quien sufre con paciencia el trabajo y el dolor en servicio de Cristo, recibirá gran recompensa aún por lo más mínimo que haya sufrido.

La castidad tiene muchos impugnadores, pero quienes se humillan de verdad y buscan solícitamente su ayuda en Dios y protegen con cautela sus sentidos, obtendrán la victoria, siguiendo a Cristo por caudillo.



CAPÍTULO 13

DE LA ÚTIL MEITACIÓN DE LA VIDA Y PASIÓN DE CRISTO





El primer ejercicio y el consuelo más suave que se puede tener en esta vida es la vida y pasión de nuestro Señor Jesucristo; porque tanto en el vida activa como en la contemplativa enseña perfectísimamente al hombre, sin error y sin muchos argumentos, lo que en las otras ciencias rara vez se encuentra. Así, pues, el camino más firme y seguro para la perfección e iluminación de la mente y para llegar a la vida eterna es conformarse con el Hijo de Dios en todas sus virtudes y costumbres.

Aprende, pues, a dirigir y ordenar todos tus ejercicios a su amor y honra, y a mirar a Jesús como presente en todo tiempo y lugar, y con mucha reverencia y singular devoción inclina humildemente la cabeza al oír y pronunciar su dulcísimo nombre; dobla la rodilla, y con todos los ángeles y arcángeles y con toda la compañía de los santos adora, bendice y alaba su majestad y su divinidad.



Que Cristo habite en tu corazón por la fe y la caridad significa esto: no apartar nunca de su imagen los ojos de la mente, tender siempre hacia su beneplácito y no anteponer nada a su amor. Todo lo bueno que oigas, digas o hagas, dirígelo a Él totalmente y en última instancia, pues es la fuente de vida, de sabiduría y de disciplina, para quien no se pierde el menor pensamiento tenido en su memoria ni será en vano cualquier oración dirigida a Él con gemidos.



Confórmate, por tanto, con la vida santísima de Jesús, imitando en este mundo, según tus fuerzas, su pobreza, humildad, paciencia y desprecio. Piensa de qué modo trabajó por ti desde el comienza de su santo nacimiento hasta su muerte en la cruz, de qué modo sufrió por ti y se gastó par ti, lo cual ningún ángel ni santo ha hecho; de suerte que con razón ha de ser amado Jesús sobre todas las cosas y alabado ininterrumpidamente.



Esto tuvo valora para San Pablo sobre toda sabiduría y doctrina: pensar en Jesucristo, y en Jesucristo crucificado. Y aunque había aprendido o leído muchas cosas, sin embargo, nada las tuvo ante la grandeza de la pasión y de la caridad de Cristo, que es tan inmensa, que ninguna criatura puede dar las debidas gracias a Dios por el más mínimo detalle. Y por esto, pospuestas todas las cosas del mundo y domeñadas las pasiones de la carne, decía igualmente, llenota de Dios: Para mí la vida es Cristo, y la muerte, ganancia (Fil. 1, 21). ¡OH dulce y saludable palabra, que nunca debería ser entregada al olvido! ¡Qué feliz y santa el alma que puede decir esto, para quien Cristo e todo lo que vive, lo que sabe, lo que hace, lo que entiende, lo que cree, lo que espera, lo que ama, lo que piensa, lo que habla, lo bueno que obra!



Verdadera y dichosamente vive aquel para quien Cristo es todo en todo y amago singularmente sobre todo; que permanece en Cristo más que en sí mismo; no sintiendo nada de sí mismo, sino descansando en Cristo dulce y gozosamente. Vivir así es vivir para Cristo, y esto es morir a sí mismo y desfallecer y ganar al máximo, porque esto es perder la muerte y hallar la vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro.



Tal alma, aunque aún esté en el mundo y cubierta por la nube de la carne y oprimida por diversas molestias, sin embargo, con la mente habita arriba, en el cielo, donde cristo está sentado a la diestra del Padre. Hacia el cual suspira cada día y tiende ávidamente y no deja de esforzarse y orar hasta que lo posea.



CAPÍTULO 14

DEL RECUERDO Y LA INVOCACIÓN A LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARIA



Conviene evocar en todas las cosas la memoria de la gloriosísima Virgen María, Madre bendita de Jesús, a cuyos méritos y ruegos te debes encomendar cada día y recurrir a ella en todas las necesidades como acude a su querida madre el hijo cubierto de llagas. Pues el dulce nombre de María da confianza al que la invoca y la llama. Y ella está dispuesta a decir cosas buenas a su hijos Jesús a favor del alma atribulada y miserable.



Si María, con los santos en el cielo, no rogara diariamente por el mundo, ¿cómo podría permanecer aún el mundo, que tanto ofende a Dios con tan graves pecados y tan poca enmienda?



María, pues, ha de ser invocada por todos los cristianos: por los justos y los pecadores, y principalmente por los religiosos y personas consagradas, que tienen el propósito de la continencia y por medio de santos deseos suspiran por las cosas del cielo y nada quieren tener ni obrar con el mundo.



Mas ¿qué se ha de pedir? Pide, en primer lugar, el perdón de tus pecados; después, la virtud de la continencia y humildad, que es un don muy grato a Dios, para que siempre aparezcas humilde en presencia de Dios y desees ser tomado por vil y miserable y no te gloríes de ningún bien, no vayas a perder todo lo que pareces tener. Lamenta estar tan lejos de las verdaderas virtudes, de la humildad profunda, de la santa pobreza, de la perfecta obediencia, de la purísima castidad, de la oración devotísima, de la ferviente caridad, que todas estas cosas estuvieron plenísimamente en María, la Madre de Dios.

Por tanto, arrójate a sus pies como pobre mendiga para que al menos adquieras el mínimo grado de estas virtudes, ya que por tu desidia no puedes subir al máximo. Cualquier cosa que desees, pídelo humildemente por manos de la bienaventurada María, porque con sus gloriosos méritos son ayudados los que están en el purgatorio y en la tierra.



Gran gracia, gran gloria la suya en Jesús, su Salvador, sobre todos los santos en el cielo; pero todo para nosotros que vivimos en el mundo.

Confíate, pues, con seguridad a la fidelidad de aquella cuyas oraciones son escuchadas por Dios, no pidiendo, sin embargo, ni buscando otra cosa sino lo que agrada a ella y a su amado Hijo y conviene a su salvación, como saben ellos mejor.



Rogar por los pecadores y conservar el corazón en la humildad agrada mucho a Dios y a la bienaventurada Virgen. Pues ella se glorió ante Dios únicamente de la humildad, y de lo demás nada dijo; y, a pesar de la gracia que tuvo, no se apartó de la humildad. Ruegue, pues, por nosotros piadosamente la Virgen María para que seamos dignos de la gracia de Dios.



CAPÍTULO 15

DE LA AYUDA DE LOS SANTOS QUE SE HA DE PEDIR CON INSISTENCIA



No te olvides tampoco de pedir insistentemente la ayuda de los santos que reinan con Cristo, porque, como ves, moras en un valle de lágrimas y vives cada día entre enemigos, y aún peregrinas lejos de Dios.

Procura, pues, en el tiempo de tu peregrinación, tener amistad con los santos y amigos de Dios, tener con ellos especial familiaridad y desviarse del conocimiento de los hombres y de las conversaciones inútiles.



Es para ti mejor la oración de un solo santo que la prolongada locuacidad de los hombres en grandes banquetes y carcajadas.



Tiene el justo un gozo interno que no percibe el hombre animal, ávido de lo terreno. Si amas la pobreza y sencillez, frecuentemente te hará compañía Jesús con los santos ángeles. Y si no visiblemente, sí al menos te consolará invisible y ocultamente en las Escrituras.



Dichos el que busca sus esparcimientos no en los hombres, sino en las Sagradas Letras y en las súplicas devotas para vivir bien y amar las osas de arriba, como hicieron los santos, despreciando las visibles.



Como es cada uno, tales amigos ama; el devoto busca al devoto, el casto al casto, el santo al santo, el vago al vago, el disoluto al disoluto. Si, pues, deseas reinar en el cielo con los santos, es necesario que sufras por Dios y que seas humillado en el mundo con los santos, porque poco aprovecha honrar a los santos con los labios y oponerse a ellos con las costumbres.



Si quieres agradar a Dios y a los santos, somete la carne, doblega la propia voluntad, lucha contra los vicios, trabaja por adquirir las virtudes consulta la vida de los santos, lee su doctrina, para ser santo con los santos, instruido por los santos, ayudado por los santos, escuchado por los santos, coronado con los santos.



Agrada a los santos el constante gemido hacia el cielo, el dolor de los pecados, el silencio de la boca, el firme propósito de enmienda, el deseo de adelantar, la paciencia en las adversidades, la acción de gracias por los beneficios recibidos.



Deleita también a los santos el canto devoto, la prontitud en las vigilias, la alabanza de la salmodia, la confesión de los pecados, el pedir perdón, la celebración de la Misa, las lágrimas en las oraciones y toda la observancia d la disciplina regular.



El que se entorpece y se aparta de estos bienes pierde la gracia de la devoción, no es grato a Dios ni querido por los ángeles, sino contrario a Dios y a todos los santos; pues quien es de Dios, oye las palabras de Dios, lee escribe con gusto las palabras de Dios; de buena gana vigila y ora; con gusto se abstiene y trabaja; de buena gana calla y se dedica a Dios; con gusto está en la celda y en la iglesia, invocando a uno u otro santo y pidiendo de rodillas la gracia para vencer las pasiones, para resistir a las tentaciones con las que es fuertemente impugnado, para que con sus devotas súplicas permanezca devoto, y después de la agonía de esta vida, llegue a la mansión del eterno descanso, donde todos los santos reinan felizmente con Cristo.



No será vana ciertamente la súplica a los santos, que se ofrece para su honor con piadosas intención. Pues los que con tanta solicitud rogaron por sus enemigos cuando eran oprimidos por ellos, cuánto más a gusto rogarán ahora por sus devotos, para que puedan pronto unirse a ellos con los gozos celestiales, aquellos que ven trabajar cada día en el servicio de Dios y orar a Cristo con muchos suspiros y lágrimas por la vida eternal



Da gran confianza el rogar a los santos, porque durante mucho tiempo fueron hombres mortales pecadores, arrastrados y oprimidos durante mucho tiempo por diversas pasiones, pero por la piedad y misericordia de dios liberados y justificados, dan ahora las máximas gracias a Cristo por todos los males que lograron superar, alegres en la eterna bienaventuranza que merecieron recibir con la ayuda de la divina gracia.



CAPÍTULO 16

DEL DESEO DEL REINO CELESTIAL



El único y singular deseo de los santos en esta vida fue no tener nada común con este siglo, sino, por el desprecio de las cosas terrenas, tender siempre a la presenci8a de Cristo y al consocio de los ángeles. Por esto también San Pablo, amador vehemente de Cristo, despreciaba perfectamente todo lo terreno, y, desfalleciendo por las cosas celestiales, decía: Deseo morir para estar con Cristo (Fil 1, 23). No es éste el deseo de todos, sino de los perfectos, que pueden decir: Somos ciudadanos del cielo (Fil 3, 20); pues muy pocos se hayan tan desprendidos que pongan todo su afecto en las cosas eternas y no ambicionen las riquezas y honores terrenos.



Más quienes, inflamados por el amor de Dios, se gozan en la pobreza y en el desprecio de sí e inclinan su corazón a la humildad y se reprenden incluso duramente por las pequeñas negligencias; quienes toman lo necesario para la vida con sobriedad y con temor y quieren más bien menos que más, éstos son los verdaderos despreciadores del mundo y los amigos de Dios que corren apresuradamente hacia la patria, preparados a salir del cuerpo y llegar pronto hasta Cristo, no teniendo cosa alguna que pueda retenerlos con delectación en el siglo.



Dichosa el alma que tiene tal ambición y de día en día añade fervor a su fervor, no dejando de orar y clamar a Cristo hasta que se le abra la puerta del cielo y entre en el reino de Dios prometido a todos los fieles.



¡Oh feliz patria, donde hay alegría perenne, paz suma, conocimiento transparente de Dios, caridad perfecta y felicidad consumada! Allí es mejor un solo día que aquí un millón; porque allí ninguna miseria; aquí, mucha, rara vez paz, conocimiento pequeño.



¿Qué pueden decir los miserables de la felicidad eterna, qué saben captar los mortales de la eternidad verdadera y de la vida sempiterna, si no es bajo una cierta oscuridad y cubierta por el velo de las Escrituras?



Gima, pues, el alma fiel, rodeada de las tinieblas del mundo, hacia la compañía de la patria celestial, elevando sin cesara los ojos de la mente allí donde Cristo está en la gloria del Padre, reinando por los siglos eternos. Amén.



(Apédice del libro LA VIDA RELIGIOSA por Antonio Royo Marín, O. P. La a.C., Madrid 1.968)

sábado, 21 de mayo de 2011

Palabras de Aliento









PENSAMIENTOS INDIGNOS DE DIOS

Es justo que nunca representemos a Dios como un ser duro. Le llamamos misericordioso, bueno y amable, pero a veces en el fondo del corazón pensamos que Él es difícil. De aquí provienen la mayoría de las inquietudes espirituales de las almas buenas.



Dios se duele de este falso concepto que tenemos de Él. Nos imaginamos como si fuera insensible, exigente y dispuesto a reclamar todo cuanto pueda de nosotros sin otorgarnos nada en retorno equivalente y tememos incluso que nos sobrevenga una desgracia y que la desventura caiga sobre nosotros si no llegamos a tenerle contento. Es este un concepto erróneo del Señor.



Dios me ha dado pruebas manifiestas de su infinito amor y continuará dándomelas. No me ama hoy para odiarme mañana. Deja de ser, como los hombres, caprichoso e inconstante. Ante todo reclama que le correspondamos. Así, cuando le ame, la dicha y el entusiasmo por lo divino llenarán enteramente mi vida.



A menudo nos decimos: No tengo más que un talento, otros en cambio tienen cinco. Enterraré el mío, y así no correré riesgos. He de tener en cuenta, no obstante, que el carácter y el temperamento de cada uno, desde toda la eternidad, han estado combinados de tal suerte, que el uno se adapte al otro y se identificasen con nuestra vida. Es preciso no desconocer que lo que caracteriza a otro no me convendría a mí, y que no será juicioso anhelar lo que otros poseen mientras diseño lo que me es propio.



No digas nunca: A juzgar por mis talentos, es bien notorio que Dios no me ama mucho; es evidente que no espera gran cosa de mí – Piensa, en cambio, y a menudo, que Dios desea ardientemente nuestro amor.



Pide, ruega, suplica insistentemente las gracias divinas y no dudes que las obtendrás.



BASTA DE LAMENTOS

Ante la leche derramada nada se puede hacer. Basta de lamentaciones. No te apesadumbres por las faltas y errores pasadas. Deja tranquilo tales ingratitudes, abandónate en las manos de Dios. Haz cuanto antes un acto de amor. Luego, no pienses más en ello.



¡Cuántas veces la depresión causada por el pecado es peor, y mantiene al alma que la sufre más alejada de Dios que el mismo pecado!



No pierdas el tiempo en un desaliento inútil, antes bien levántate y corre a Dios. Aproxímate a Él, no te mantengas alejado, cabizbajo.



Atiende a los que están diciendo. Hay personas que tienen siempre ojo abierto al pasado y otro hacia el futuro, en vez de tener los dos ojos fijos en el presente. No malogres tu tiempo, insisto, en lamentaciones acerca del pasado, o en adivinar el porvenir. La gracia te favorecerá para hacer frente a las dificultades de hoy. ¡Cuán pocos será aquellos que saldrán airosos de su tarea proponiéndose solamente desarrollar sus capacidades de concentración! Lo que impide este desarrollo es la incensante preocupación que sentimos con respecto o de cara al futuro. Dejemos el mañana en las manos de Dios.



PENSEMOS BIEN DE DIOS

Piensa acerca de Dios con benevolencia. Abriga respecto a Él, en tu sentido íntimo, una buena opinión. Dios está deseoso de que pensemos bien de Él, que nos confiemos a Él y que lo hagamos todo por amor. Nunca vayas a creer que no es fácil el perdón. Cuanto más íntima es una amistad humana, menos se teme que una palabra deslizada al azar puede enfriarla. Nuestros amigos no se alejan de nosotros para siempre cuando llegamos a herirles con alguna palabra o algún acto sin importancia.



Ten presente sobe todo que Dios no habita en las tinieblas, ni en la melancolía, ni en el abatimiento, ni en la depresión. Si alguien o algo te acongoja, no te lamentes; ejercítate en actos de esperanza y amor. La depresión no puede venir jamás de Dios; ni tampoco, por descontento, cualquier pensamiento que tienda a hacernos gravosa su servicio.



Ten siempre una opinión elevada y serena de tu Señor y Maestro.



LA SANTIDAD CONSISTE EN HACER LA VOLUNTAD DE DIOS

Nada impide tanto el progreso espiritual como el oponernos a la voluntad de Dios y nada más santo que cumplirla.

La sumisión completa es de una importancia suma. Así, pues, hay que estar siempre dispuestos a hacer cualquier cosa que Dios pretenda de nosotros cuando y como Él nos lo pida.



Tu programa sea servir a Dio por puro amor y no con fines interesados. Mi mejor petición no pude ser otra que esta:



Para mañana y sus cuidados

nada te pido, oh Señor!

Guárdame, sin embargo, guíame y ámame

sólo en el día de hoy.



LA ENERGÍA ESPIRITUAL

El santo Job dijo que la vida del hombre sobre la tierra es un continuo combate, una incesante lucha. No podemos esperar vernos libres de tentaciones o de dudas.



“Todos corren, pero no todos consigue el premio. Aquel que quiera obtener una corona inmarcesible debe abstenerse de muchas cosas”. Corintio era una ciudad renombrada por sus bellezas, su arte, su lujo…y su libertinaje. Eran famosos los juegos públicos. Por eso el Apóstol compara la vida espiritual a los juegos, a una carrera. Es un símbolo de la vida espiritual, la cual impone también ejercicio y esfuerzo, y llega no pocas veces h asta el agotamiento…



El Santo Cura de Ars, cuando se la hablaba de su santidad, decía: -“Sólo hago una cosa: no quejarme de mi pena. No se refiere a la pena en el sentido de congoja, sino en el del trabajo, de fatiga.



Estamos inclinados a la pereza y nada nos agrada tanto como no hacer absolutamente nada. Es más fácil abrir las ventanas de la disipación.



Un soldado en compañía no se asombra de verse herido o de sentirse agotado por la fatiga. “Cada día lleva consigo su trabajo”. Si tengo un mal carácter, no me faltará tarea para muchos años. Si murmuro o molesto con agudezas mordaces, ahí tengo campo abierto para ejercitarme para mis combates y para las victorias. Soy soldadote Cristo.



En una vida escondida, aparentemente monótona, sin gloria, puede haber más paz, alegría y verdadero gozo, que en la vida de una persona rodeada de lujos, de todas las satisfacciones, del amor y de la admiración de cuantos se hallan a su derredor.



CON SAN PABLO CASTIGO MI CUERPO

San Pablo dice: Castigaré mi cuerpo y lo reduciré a servidumbre, no vaya a suceder que, habiendo predicado a otros, sea yo reprobado.



En tiempos antiguos en que se practicaban grandes austeridades, no se conocía qué cosa eran los nervios. Son producto de nuestro tiempo. Dominara los nervios: he aquí las austeridades que debemos practicar hoy.



SOPÓRTATE A TI MISMO

Soporta tus depresiones, tus tristezas, tu manera de ser, tus cambios. Soportarse a si mismo es el gran acto de virtud. Muchas debilidades provienen del hecho de que las depresiones nerviosas son a menudo tratadas como un reequilibrio del alma. Hay una expresión corriente entre los jóvenes: “No valemos nada”. No perder la paciencia consigo mismo cuando no se vale nada, es una gran virtud.



La peor manifestación de los nervios es la depresión. En este estado se cree haber perdido la fe, la esperanza, la caridad, todo. Es una dura prueba. Santa Teresa dijo: Lo peor de la enfermedad es que debilita de tal manera que no permite fijar el pensamiento en Dios. Pero esto no acarrea consecuencias; lo que cuenta e importantes que se piense en dios, sino que se obre por Dios. No alcanzamos a soportar dolores pero son la ocasión más oportuna de ganar méritos para el cielo.



SOPORTAR A LOS OTROS

La mayoría d nosotros tenemos que soportar las debilidades de los demás. Generalmente es la contrapartida de lo que el prójimo tiene que sufrirnos a nosotros, dando lugar a que ello resulte cosa dura para todos. La omnisciencia no es la característica de las personas con las que convivimos. Quizá sean excelentes y obren con la mejor intención, pero cometen sus faltas o pueden hacer juicios excesivamente rigurosos. Pidamos a Dios que nos dé paciencia para soportarnos a nosotros mismos y a los demás, así decía San Francisco de Sales: “Es necesario tener paciencia con todo el mundo, pero en primer lugar con nosotros mismos”.



ES NECESARIO CARGAR LA CRUZ

En este mundo es necesario llegar la cruz en seguimiento a Cristo. La diferencia entre el placer y la pena estriba en el hecho de que tengamos o no nuestra mano apoyada en el de Dios. La mismo mortificación puede resultar una dicha.



El Arcángel Gabriel dijo a María: “El Señor es contigo”. También nosotros cada vez que recitamos el Ave María, deberíamos proponernos pedir al Señor que esté con nosotros. Haz la prueba, pero amando a Dios. Piensa que Él nos quiere a todos santos; si no lo somos es sólo por nuestra culpa, pero cuidado con el desánimo de que estamos tratando. Deberíamos perseverar pidiéndole que no se separe de nosotros a pesar de que estemos envueltos en tinieblas y caídos por nuestros desalientos.



Las molestias que experimentamos, Él las ha sufrido también. Por ejemplo, la monotonía. “Cuántos años pasó de carpintero sin si siquiera llegar a ser ebanista! Todo lo que hizo, lo realizaba con la esperanza de que lo imitáramos.



Lleva, pues, alegremente la carga de la vida, y estarás ya a mitad del camino de la santidad. Si Dios nos trata como ha tratado a María o a su divino Hijo, debemos sentirnos satisfechos por tal merced. La salud, la riqueza, el éxito no han sido nunca los mejores dones; rara vez obsequia con ellos a sus mejores amigos.



A menudo decimos: “Querría sentirme mejor situado en la vida, ser portento, tener riquezas, en una palabras, más talentos. ¿Abrigas la seguridad de que esto sería un bien para ti? De ser así, ten por seguro de que te habrían sido dados estos bines cuya posesión tanto ansías. No olvides que Nuestro Señor está como preocupado de saber por qué medios podrá ayudarte a amarle mejor.



Si encuentras la vida penosa, díselo a Él. Si te parece difícil ser bueno, si no aciertas a rezar en absoluto y sientes pena de ello, confíate a Él: Ahí tienes tu oración.

Si pruebas de hacer todas estas cosas por tus propias fuerzas, no triunfarás jamás; pero si pasas la vida asido de la mano de Dios, el Amor te hará todo fácil.



CONFIANZA EN DIOS

Creemos que un viaje empezado de esta manera había de resultar completamente felíz; ¿acaso no lo emprendían por orden del mismo Señor? Los discípulos se embarcaron y empezaron un viaje para cumplir la voluntad de Dios: Indudablemente será aquel un viaje felíz. Y, sin embargo, no fue así.



Súbitamente sopla un viento opuesto, hay que luchar contra toda clase de dificultades, mientras la barca ya en alta mar es abatida por las olas y por el viento contrario (Mt 14, 24).

El mar estaba enfurecido, el viento rugía con violencia, la pequeña barca se tambaleaba. “Y Jesús no estaba allí para salvarles?”



Sin embargo, el Señor estaba con ellos; pero era su querer que tuvieran que luchar con aquellas dificultades. Así mismo debemos nosotros experimentar penas en tu servicio precisamente cuando cumplimos más fielmente la voluntad divina.



El divino Maestro permitía que sus apóstoles fuesen probados por la tribulación a fin de hacer resplandecer con qué amor tan vigilante cuidaba de ellos. Igualmente permite que las pruebas nos hieran para que suspiremos junto a Él, pensemos en Él, hacia el Él nos volvamos, a Él nos confiemos y le llamemos en nuestro socorro.



Lejos de acobardarnos, debemos redoblar nuestros esfuerzos en su servicio, trabajando sin temor alguno ante cualquier fracaso que las olas o los vientos de la vida pudieran determinar, puesto que Él ve, conoce y sabe el momento en que nos ha de prestar su auxilio. No temas. Él acudirá pronto.



“Y en la cuarta vigilia de la noche, vino a ellos andando sobre el mar. Viéndole ellos andar sobre las aguas, se turbaron y se decía: Es un fantasma y de miedo comenzaron a gritar. Pero al instante es habló diciendo: Tened confianza, soy Yo, no temáis” (Mt 14, 24---27).



En momentos de turbación le llamamos y Él nos responde en el fondo de nuestros corazones. Con frecuencia, a través de la misma tribulación que nos o escondía, viene y nos dice: Ten confianza, soy Yo, no temas.



Pedro avanza ansiosamente hacía Jesús, mientras no mira más que a Él; pero al fijarse en las olas o en sí mismo, se hunde. Mira tú solamente a Jesús y olvida tu peligro.

Asustado Pedro, grita: Señor, sálvame. Jesús tiende la mano y le dice: Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?

Jesús y Pedro entran en la barca; el viento se aquieta y la calma reina a su alrededor. Entonces los apóstoles adoran a Jesús diciendo: Verdaderamente eres el Hijo de Dios.



LA PROVIDENCIA DIVINA

“Mi destino está en tus manos (Salmo 21, 16). Supongamos que Dios, nos dice: Conozco lo que vale tu alma, confío en ti y dejo a tu arbitrio el elegir los medios más conducentes a tu salvación.



Que se nos presente las riquezas y la pobreza, la enfermedad y la salud, los éxitos y los fracasos, larga vida o corta, hasta el punto de poner en tus manos la elección de lo que pareciere mejor.



¿Nos sentiríamos satisfechos? Creo que no. Diríamos mejor: Señor no dejes en mis manos elegir, puesto que no sé o que me conviene.



Todavía más, ni siquiera aceptaría que mi ángel custodio o santos patronos fueran mi seguridad, porque sólo espero que la infinita sabiduría y misericordia de Dios, que e dará los medios para alcanzar mi eterna salvación.



DIOS NOS DA EL DISEÑO DE AMARLE

Creemos que la santificación es sólo un esfuerzo personal. Es, sin embargo, un don de Dios. Él nos da el deseo de amarle. La dejadez, la pobreza, la degradación son consecuencias del pecado original.



Ahora siento vivos deseos de amarle, pero soy incapaz de hacerlo, pero Él me otorga esa gracia. En un instante, Dios puede transformar el corazón más depravado en un corazón henchido de amor a Él.



Muchas veces creemos que es muy difícil tener a Dios contento. Dudamos que su muerte fue por ese amor eterno que me tiene. Lo que me pide es corresponderle a su gracia.

Una petición grande s pedirle al Señor que viva en mi corazón, que sea su morada para siempre.



LA ALEGRÍA SIEMPRE CONDUCE A DIOS

Alegraos siempre en el Señor, os lo repite, alegraos, nos dice San Pablo. La alegría siempre nos conduce a Dios; nunca nos aleja. El mundo cae en el error de considerar la piedad como ligado de algún modo con la tristeza. Así como la risa resulta saludable para el cuerpo, también la alegría bienhechora para el alma.



Alguien podrá argüir que Cristo no había reído jamás… Pero vale más la tradición que nos dice que el divino Maestro era amado y seguido por las muchedumbres.



En cada uno de nosotros está que nuestra relación con Dios resulte lo más dulce posible. Mi yugo es suave y mi carga ligera. Venid a Mí y Yo os aliviaré.



PACIENCIA Y PERSEVERANCIA

Uno de los mayores errores de nuestra vida espiritual es no darnos cuenta de que nos falta preparación. ¡Cuán impacientes nos sentimos por ser mejores, por ser santos!



El secreto del éxito en la enseñanza depende, por lo menos, en un cincuenta por ciento, de la repetición. Y, sin embargo, a nadie le gusta repetir; no resulta simpática esta piedra de amolar, que es la Gramática, porque el alumno las más de las veces cree poder prescindir de que se le vayan repitiendo unos mismos conceptos.



En nuestra vida espiritual omitimos las declinaciones, los géneros, los verbos y la sintaxis. Queremos entrar en íntimas relaciones con Dios, esperamos prolongar nuestra oración sin distracciones, deseamos adentrarnos en los secretos divinos sin antes saber deletrear.



Los amigos de Dios son ante todo humildes. Tenemos necesidad de asentar bien los fundamentos, de ejercitarnos. Nuestra preparación es insuficiente para recibir las inspiraciones del Espíritu Santo. Y siendo esta nuestra manera de proceder, ¿cómo nos asombramos de no ser mejores? ¡Cuánto nos diferenciamos de los santos que siempre dan gracias a Dios de no ser peores?



Si verdaderamente adelantas en la vida espiritual, creerás con seguridad que retrocedes. Si penetrar en una habitación oscura, es imposible que puedas ver el polvo y desaliño que la llenan, pero entreabre tan solo una ala de la ventana y te darías cuenta en seguida del polvo que llena la estancia. Cuanto más dejes penetrar la luz, más notarás el desaliño. Lo mismo ocurre con la luz de Dios: cuanto más pidamos al Espíritu Santo que ilumine nuestras almas, más patentes se nos harían nuestras faltas.



Luz, tres veces bendita,

Asaeta con tus rayos lo más vivo de los corazones

Que con fe por Ti suspiran.



Cuando allá en los años floridos de la juventud vivías siendo juguete de los sentidos, ¿carecías acaso de defectos? Cualquier otro, en cambio, según tú, adolecía de ellos. Te decías: “Fulano es un egoísta, tan pedante, tan apoco caritativo!” Sé más perfecto y verás mejores a los demás.



Dios no juzgó excesiva la espera de miles de años para preparar el mundo al advenimiento de su Divino Hijo. San Juan decía a sus discípulos: El hacha está puesta a la raíz del árbol…Asestemos, pues, el golpe hasta la raíz de los defectos que nos tienen alejados de Dios nuestro Señor.



Ni la lectura de los libros piadosos, ni el recitar largas oraciones, ni la ciencia de los conocimientos elevados son los auxiliares que introducen a Jesús en nuestros corazones. Lo que nos da su posesión es el amor, el deseo de vivir de Él, el esfuerzo real que nos cuesta el clavar el hacha en la raíz de un defecto.



Sabes perfectamente de que Dios ama y lo que detesta; si quieres poseerlo, no repares en el precio. Pidamos al Señor la gracia de poder conocer cuales son los defectos cuya enmienda debemos intentar y realizar, siempre con el fin de darle digna morada en nuestros corazones.



DESCONFIANZA Y GENEROSIDAD

¿He aprovechado plenamente la gracia que Dios me otorga? ¿Tengo razones para darme cuenta que Dios quiere que mi vida sea mejor que la que he llevado hasta ahora? ¿Quiere Él venir a mi corazón? ¿No será presunción o, mejor, puro sentimentalismo pensar que Nuestro Señor quiere verdaderamente hace suyo mi corazón? Para no poner inquiete a nadie, me apresuro a aclarar que, al hablar de los llamamientos divinos, no es mi intento, en manera alguna, referirme a un llamamiento a la vida religiosa.



Una impresión de azorada inquietud, de descontento espiritual de no haber hallado aún realmente aquel “algo” que puede llenar mi vida: la sensación de vacío, la falacia del mundo…todas estas preocupaciones del demonio. ¿Es razón de que desearíamos nosotros turbar las aguas tranquilas de nuestra alma? Luego son aldabadas de Dios.



Si estos pensamientos arraigan en mi mente, son un indicio cierto de que Dios pide más de mí, que quiere atraerme más hacia Él a fin de que proceda mejor.



VOCACIÓN DE LOS APÓSTOLES

Dios emplea procedimientos muy diversos para llamar, según las personas. San Andrés y San Juan seguían a Juan Bautista que iba diciendo: He aquí el Cordero de Dios. Luego, estos dos discípulos se encaminaron hacia Jesús, preguntándole dónde se alojaba. El Señor les contestó: Venid y lo veréis. Le siguieron, permanecieron con Él toda la noche y a la mañana siguiente: Hemos encontrado al Mesías.



San Pedro fue llamado mientras remendaba sus redes. El joven rico preguntó: Buen Maestro, ¿qué debo hacer para ganar la vida eterna? Guardar los mandamientos. Ya lo hago, entonces Jesús mirándolo le amó. Así, pues, si quieres ser perfecto, ve y vende todo lo que tienes y el producto dáselo a los pobres; después ven y sígueme. El evangelista nos refiere que el joven se marchó sumamente triste porque poseía muchos bienes.



Nuestro divino Salvador llama a cada uno convoz distinta. Nos dice: Quiero disfrutar muy especialmente de tu amistad; es mi deseo que rompamos todo lo que se opone a tu dignidad. Te quiero perfecto, dispuesto a venderlo todo por seguirme. Sin que deba entenderse venderlo todo en el sentido literal de la palabra.



Jesús nos dice: Si quieres ser perfecto, debes proceder de tal suerte que nada se interponga entre tú y Yo. No debe existir restricción alguna, asidero alguno deliberado que se oponga a mi voluntad.



El tipo modelo es elevado, muy encumbrado, pero fíjate en que las palabras son éstas: Si quieres ser perfecto. Hay en mi corazón algo que me aparte de Nuestro Señor? ¿Qué es lo que me roa la verdadera paz del alma? ¿Me desvivo apasionadamente por la alabanza ajena? ¿Concedo un valor excesivo al afecto de los demás?



¿Cuántos hay entre nosotros que oyen la voz de Dios hasta el punto de resultarles un verdadero asedio y, sin embargo, no quieren darse por vencidos!



¿No he sido acaso muy mezquino en mi ofrecimiento? ¿Me siento verdaderamente dichoso, plenamente satisfecho de mi mismo? Dios me pregunta: ¿Estás dispuesto a darme todo lo que Yo quiera? ¿A satisfacer mi gusto en aquello que Yo te pida? Entonces, “ven y sígueme”.



Él, que ha formado nuestros corazones, sabe la manera de atraérselos. La avaricia es el elemento de Satanás; la liberalidad, en cambio, es el elemento de Dios; y la más íntima alegría, pertenecer al grupo de sus servidores. Nos quiere muy junto a Él, porque estarle muy cerca constituye la verdadera felicidad. Quiere que renunciemos a todo egoísmo, que pensemos más en los otros, mucha más en Él. Quiere que le amemos y ayudemos a los demás a amarlo.



¿No es digno acaso de que le sigas? Suplícale que te deje oír su llamamiento con tanta claridad, que te sea imposible desentenderle y, luego, sé lo suficientemente generoso para estar contento, más aún, ansioso de seguirle dondequiera pretenda conducirte.



SEÑOR, UE QUIERES QUE HAGA?

Si decimos esto desde el fondo de nuestro corazón, Dios no nos negará nunca una respuesta. No lo decimos con perfecta sinceridad porque ni estamos decididos a hacer sin reservas todo lo que nos puede pedir. No hay que temer jamás; si realmente queremos complacer a Dios, haremos cuanto nos pida.



Todos incurrimos en faltas. Nuestro deber estriba en tratara de sacar provecho de ellas. Interrogado Santo Tomás sobre cuál era el medio más corto para agradar a Dios, respondió: “Quererlo”. Si queremos vencer el orgullo, la obstinación, la pereza, lo lograremos sin duda.



Supongamos que en el pasado ha sido vanidoso, egoísta. Si quiero vencer estos defectos en adelante, puede hacerlo. No todos podemos figurar en le lista de los poderosos, ni de la aristocracia.



Nos acostumbramos a considerar el amor de Dios un poco como el Monte – Blanco: nieves eternas bañadas por el sol, radiantes, magníficas, prodigiosas pero inaccesibles, inabordables. Y, sin embargo, Dios a cada hora, en cada instante, intenta aproximarnos más a Él, mientras que nosotros miramos de apartarnos.



Señor, qué quieres que haga? Primero que sepas estar contento con su suerte, ni más inteligente, ni más agraciado. ¿Quién es el responsable de cada detalle de tu vida? Dios. El estar descontento de ti mismo es, en frase llana, rebelarse contra su voluntad.



UNA PERSONA HUMILDE PUEDE SER UN SANTO

Si encontramos un alma que, sintiéndose humilde, esté absolutamente satisfecha en su vida, se trataría en verdad de un santo. Tomemos por regla fija el estar siempre contentos. ¡Cuán saludablemente influiría esta disposición sobre nuestra existencia! No censuraremos nunca a Dios porque hayas de vivir tu vida con lluvia o buen tiempo, con salud o enfermedad, con riqueza o pobreza.



EN LO ESPIRITUAL: ¿Debes estar impaciente porque no adelantas en la virtud? Incluso tu progreso espiritual deberías abandonarlo en las manos de Dios.



Has de alegrarte de tu estado espiritual. Si Dios no quiere que avances más rápidamente, no te apures. El no anhelar que seamos santos en un día, quiere que la virtud crezca. Proceder según la gracia significa ejecutar con facilidad las cosas que se presentan en nuestro camino hacia la eternidad: hacerlas bien y humildemente, porque ésta es su voluntad. Así llegaremos a ser santos.



JESÚS CURA AL INVÁLIDO DE 38 AÑOS

En el capítulo 5º San Juan nos cuenta como Jesús sanó al hombre que yacía cerca de la piscina en espera de ser el primero en descender al agua después que el Ángel la hubiese agitado. Cuando pensamos en años que hemos vivido y en lo poco que hemos hecho, ¿no podemos compararnos exactamente a esta pobre hombre? Pasan los años y no llega nunca a ser el primero en alcanzar el agua; lanzo un suspiro y espero mejor suerte de cara a la próxima vez.



Nos hacemos sordos. Creemos imposible llevarnos a la piscina de las gracias de Dios. Lo mismo da quedarse tendido aquí. Otros llegan siempre primeros. Soy demasiado perezoso, demasiado pesado para probarlo. Tengo poca fe en el amor de Dios para conmigo y dudo acerca del interés que siente por mí.



Sin embargo, debería exclamar: A pesar de todo, no es tan difícil amar a Dios. Habiendo dado por mí su vida, no será poco lo que me amas ahora. Si ningún pensamiento puede pasar por mi mente sin que antes haya pasado por la mente de Dios, ¿no es una prueba de que se preocupa de mí?



El remordimiento es el reproche de amante que no ha obtenido más confianza. Sólo una persona puede enseñarnos el amor a Dios: el mismo Dios.



Si no crees a Dios digno de ser amado, no puedes amarle. La Religión es esto: el servicio de Dios, el amor a Dios. Nadie existe tan agradable como Dios, tan digno de ser amado y tan fácil de contentar. Si te lo imaginas altanero, a distancia inabordable, le revistes de unas notas nada atrayentes y, por consiguiente, no puedes amarlo.



El espíritu infernal es quien te sugiere que no eres digno de su servicio, porque eres cobarde; te ha ofrecido una ocasión de mortificarte y la has rehusado. Te sientes fatigado de obrar el bien; no perteneces al número de la élite de los llamados al amor divino. Así tiende a presentarnos a nuestro divino Maestro duro, difícil de contentar; quiere hacernos creer que deberíamos vivir constantemente como en los días risueños de nuestra existencia. ¡Cuánto diferimos de los apóstoles, siempre tan a gusto en su compañía!



¿Cuál será, pues, nuestro talismán para el porvenir? Será tener una idea verdadera de Dios nuestro Señor. No le juzguemos exigente, duro, fastidioso, sino generoso, condescendiente, siempre deseoso de perdonara y hallando en nosotros más motivos de compasión que de censura.



Pide a nuestro Señor que te ayude a conocerle, porque conocerle es amarle.



Año tras año hemos sido remisos en el servicio de Dios; año tras año nos hemos hecho sordos a sus continuos llamamientos para hacernos mejores. ¿No esperamos acaso el movimiento de las aguas? Cuando Dios manda a su Ángel a remover el agua de la piscina de nuestra alma, que debería ser, aún cuando no lo es siempre, un espejo donde Él pudiera contemplarse, ¿no deberíamos prestarle oídos? Por el contrario no decimos frecuentemente: Es inútil que intente llegar hasta la piscina de las gracias de Dios. Lo mismo da quedarse tendido aquí. Otros llegan primeros. Soy demasiado perezoso, demasiado pesado para probarlo. Tengo poca fe en el amor de Dios para conmigo y dudo acerca de su interés que siente por mí.







Lo anterior lo resumimos en 25 pensamientos:



1- Nunca te representes a Dios como un juez duro. Él no es difícil. Es un Padre tierno que no ama hoy para odiar mañana.



2- Él no es un padre insensible, ni caprichoso ni inconstante por eso nos pide amor, correspondencia.



3- No digas: yo tengo un talento y otros tienen hasta cinco. Desde la eternidad, Dios te quiso así, un talento te lo dio para combinarlo con tu prójimo y complementarlos para tu mismo bien.



4- Basta de lamentos: ante la leche derramada, nada se puede hacer. Las faltas y errores del pasado, déjalas en manos de Dios. Vive en un continuo acto de amor.



5- Muchas veces la depresión de los pecados de la vida pasada, mantienen al alma más alejada de Dios que el mismo pecado.



6- No pierdas el tiempo en desalientos inútiles, levántate y agárrate de Dios. No tengas un ojo en el pasado y otro en el futuro, ten los dos ojos en el presente.



7- Lo más fácil para Dios es el perdón. Es su oficio. Él no habita en las tinieblas, ni es la melancolía, ni en el abatimiento o depresión.



8- Que tu concepto de Dios sea cada día más elevado y sereno, “porque eterna es su misericordia”…mejor cuídate de estar listo a lo que te pide, cuándo y cómo lo desea.



9- Imita la moral del soldado: siempre dispuesto al heroísmo, hasta dar la vida. nada de leyes del menor esfuerzo, de querer no hacer nada.



10- El Santo Cura de Ars hablando de santidad decía: sólo hago una cosa, el no quejarme de mis trabajos y fatigas.



11- Una vida escondida y aparentemente, muy monótona, sin gloria, es casi siempre más meritoria y dichosa que todos los oficios, placeres y lujos del mundo.



12- Dominar los nervios, debe ser nuestro gran propósito. En la antigüedad practicaban grandes austeridades, por eso no conocían la depresión, producto de nuestros tiempos.



13- Sé valiente ante la tristeza, depresión, cambio de humor, que es dónde debe trabajar la virtud. No digas: “yo no valgo nada”.



14- Soporta a los demás, así te soportarán también a ti. San Francisco de Sales decía que es necesario tener paciencia con todos y en primer lugar consigo mismo.



15- Imitemos la serenidad de Jesús en casi toda su vida, pasada en el taller de San José con el humilde trabajo, sin llegar a ser un ebanista. Pensaba en que muchos lo imitarían.



16- Si llevas con amor la carga de tu vida, ya estás en a mitad del camino de la santidad.



17- La salud, la riqueza, la inteligencia, nunca han sido los mejores dones de Dios. Los santos tenían la enfermedad como un don de Dios para alcanzar la santidad.



18- San Pedro mientras miró a Jesús sobre las aguas, caminaba seguro, pero apenas se miró a sí mismo y a las fuerzas de la naturaleza, empezó a hundirse.



19- La santificación no es sólo un esfuerzo personal, es ante todo, un don de Dios.



20- La alegría siempre conduce a Dios, nunca nos aleja. Algunos confunden la santidad con la tristeza. El sonreír da salud al cuerpo y al alma.



21- No te impacientes por tener que hacer las mismas cosas. Los grandes genios son producto de la constante repetición.



22- Si quieres aprender a orar y ser un santo, empieza por deletrear la ciencia de la perfección, como los niños.



23- Te debes sentir como el más felíz del mundo por haber conocido a Cristo, poderle seguir y estar con Él.



24- Santo Tomás dice que el medio más corto para agradar a Dios, es quererlo. Vive contento con la suerte, querer de verdad.



25- Una persona humilde y satisfecha en el servicio de Dios es un santo, ha descubierto el amor de Dios.



LAS DISTRACCIONES – (En adelante sigo el libro en meros pensamientos)



1) -Una distracción consiste en apartar voluntariamente el pensamiento de Dios cuando estamos en su presencia.

2) – Si al conversar con una persona miro por la ventana a los que pasan, falto a la educación e incurro en una grosería que ninguno permite jamás.



3) – Si es una falta no atender al amigo, ¿qué no será si se trata del mismo Dios?



4) – Cuando rezas, ¿qué haces bien hecho? –Nada, mi oración no es otra cosa que una distracción continua.



5) – ¿Cómo puedo pensar que amo a Dios, cuando leo un libro o hablo con un amigo, mi atención no va a la deriva de ese modo?.



6) – Conversar con Dios es más difícil que leer un libro o hablarle a un amigo, porque al no ver al interlocutor, la función de los sentidos no viene en tu ayuda, ni percibes su voz que te responda.



7) – La oración no produce sus frutos si deliberadamente apartas tu pensamiento de la presencia de Dios para fijarla en otros objetos.



8) – Muchas veces parece como si nos halláramos en medio de un torbellino de pensamientos inoportunos que no logramos ahuyentar!



9) – La gran mayoría de las distracciones no son tales. Son las que nos podrían hacer culpables a los ojos de Dios. Cree que Él no las tiene en cuenta para nada!



10) - Es muy lamentable que esta trampa del demonio desconociera a muchos, por otra parte respetables y sensatos.





11) - ¡Cuán útil nos sería comprender el poco dominio que llegamos a tener sobre nuestros pensamientos!



12) - Tienes una gran pena, un agravio, un infortunio...Pues bien, te desafío a apartar la idea. Las distracciones no deben asustarnos.



13) - Las distracciones se imponen. Serás lo mismo dentro de una capilla que fuera de ella. No te imagines que el Señor esté descontento porque no puedes sujetar a tu voluntad los vuelos y revuelos de tu espíritu.



14) - Puedes decir con sencillez: -Señor, esto soy yo, ven en mi ayuda. No puedes desanimarte porque el diablo está esperando esta ocasión para su victoria.



15) - No hagas de tus distracciones materia de examen, a menos que estés seguro de que hayan sido voluntarias.



16) - Todo lo que nos aparta de Dios le desagrada; pero las distracciones, en si, no impiden nuestra unión con El.



17) - Ten por seguro, puesto que entra en tu alma por la Sagrada Comunión, que Jesús desea conocer tus pensamientos antes de otorgarle sus gracias.



18) - ¿Juzgarás acaso, que esta Comunión va a ser inoperante porque estas bajo el golpe de una gran prueba o bajo la impresión de una reciente injusticia? Nada de eso. Dios no está ofendido. Mientras perdura tu intención de servirle, tu oración persiste. Todo lo que hagas es una prueba de tu amor.



PROGRESO ESPIRITUAL



19) -Dios deposita en la tierra de nuestro corazón una bellota de humildad, y será necesario que transcurra mucho tiempo antes de que llegue a ser una robusta encina.



20) - Nuestra naturaleza se desarrolla sólo gradualmente. Ser fiel a la gracia, significa hacer primero lo que es fácil, paulatinamente, día tras día.



21) - No tienes que volcar la sal en la sopa, ni prender fuego que dure. Esto es más bien del demonio. El camino es hacer poco, hacerlo humildemente y Dios te ayudará para pasar de las cosas pequeñas a las grandes.



22) - Ojo! Dios es tan generoso que quiere que nuestro amor para con El sobrepase en magnitud nuestro mismo deseo.



23) - Un niño ignora el valor de las joyas. A sus ojos son como otros guijarros cualesquiera. Nos hace falta conocimiento de la materia para ser capaces de apreciarlas adecuadamente.



24) - Llevas años creyendo que intentas obtener ciertas gracias. ¿Estás seguro de que las aprecias en su justo valor, tanto como dices?



25) - ¿Tengo vivo el sentido de los dones de Dios: aquel intenso deseo de los dones que me facilitarán la práctica de las virtudes, la presencia de Dios, la oración?



26) - Si Dios no nos otorga los dones que le pedimos, la mayoría de las veces es porque no estamos aún preparados para recibirlos.



27) - Nos equivocamos creyendo que el Señor hace una elección al distribuir las virtudes. Pero es evidente que Él pretende hacernos santos a todos.



28) - Lo que Dios solicita de nosotros es mucho más amor. A lo mejor piensas: -No le amo más pues no soy del gremio de los elegidos. Esto es hablar inconsideradamente.



29) - ¿Por que no estoy más cerca de Dios? ¿Por que no cuento con tantos auxilios como los demás parecen tener? ¡No soy más que una infeliz criatura!



30) - Dios sumamente bondadoso me deja de lado, y no haré más que ir da acá para allá hasta el fin de la carrera. Es un error pensar así. Nuestro Señor ha dado su vida por ti.

31) - Si Dios no ha perdonado a su propio Hijo, como no nos concederá, con Él, las demás cosas?



32) - Debemos admitir que hemos comenzado la obra de la perfección con un fondo restringido de luces y recursos. Acepta esta gracia como te la ha dispensado Dios y luego hará seguir otras.



33) - Dios se complace en dispensar a cada uno lo que necesita. No tiene más que una idea en perspectiva, darnos su amor, y esto constituye su mayor goce.



34) - Jamás vayamos a Dios con indiferencia, diciendo: -Si en el día de hoy, Señor, me habéis reservado algún favor, lo acepto de vuestra mano sin hacer de el gran caso.



35) - Cobremos ánimo en la certeza de que amamos a Dios cada vez un poco más.



36) - De la misma suerte que al acercarnos al fuego notamos que aumenta el calor, así mismo cuanta más generosidad manifiestes en vencer los obstáculos, tanto más te acercas a Dios.



37) - Si lealmente puede atestiguar que tus esfuerzos en la búsqueda de Dios han sido leales y, si echando una mirada escrutadora sobre el año que va, puede comprobar que los intereses del divino Maestro han tenido lugar preponderante sobre los intereses humanos, has de reconocer que su situación es excelente.



38) – Librarse del espíritu del mundo, saber adivinar cada vez más la voluntad divina, sentir crecer en si el deseo intenso de Dios, todo es buena señal.



39) - “Dios mió, Dios mió! ¿Por qué me has abandonado? Jesús está sumido en una gran agonía física y en una angustia mortal. No dice “Padre”, sino “Dios mio,” como si su Padre le hubiera abandonado realmente.



40) - Cuanto más cerca estamos de Dios, más sentimos la convicción de que Él tan solo es quien cuenta y pesa en nuestra vida.



41) - Si queremos llegarnos a Dios, debemos desprendernos de las criaturas. Este desprendimiento es inexcusable, si queremos un alto grado de vida espiritual.



42) - En todo el universo el único ser que merece ser locamente amado es Dios.



43) - Nuestro Señor fue abandonado de todos. Dios en cambio, no desampara al alma, pero diríase que si, más de una vez, en vista a nuestra instrucción y formación. Imitemos a Jesús que prologa su oración, aunque parezca que ello sea en vano.



44) - Las tinieblas que nos envuelven están a veces henchidas de horror. El recuerdo de nuestros pecados nos aturde excesivamente.



45) - Todo lo que hemos aprendido nos parece una irrisión. “Maldice a Dios y muere.” He aquí, la cruel tentación a que estamos expuestos.



46) - ¿Que esta situación es demasiado difícil de soportar? El Señor responde: -Si te sientes capaz de soportar esta prueba por amor mío, te trataré como a un bebé, y te alimentaré con leche.



47) - En toda situación roguemos al Señor, y vendrá en nuestro auxilio como lo hizo con Jesús cuando dijo: - Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.



48) - Si estamos decididos a consagrarnos a Dios enteramente, el sufrimiento sin ninguna clase de duda, será nuestra herencia.



49) - No nos descorazonemos, pues, cuando la tribulación nos visite, acordémonos de que Jesucristo esta con nosotros aún cuando calle y su presencia no nos sea sensible.

50) - Renunciemos a lamentarnos y no pensemos que la duración de la prueba va a ser interminable.



51) - Sin sufrir, ¿como llegaríamos a robustecernos? ¿Acaso no deseamos pagar a nuestro divino Maestro algo en reciprocidad? Querríamos llevar una vida sin sufrimientos ni dificultades?



52) - Hagamos por manera de que nos sea familiar la Pasión de Nuestro Redentor.



53) - Muchísimo más nos aproximaremos a Él por la fidelidad en las tribulaciones y en los combates que cuando vivimos en medio de dulzuras y consolaciones.



54) - “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen.” Estas palabras, Jesús las pronunció en favor de sus verdugos, de los sacerdotes judíos y de todos los que habían tramado su muerte.



55) - Intercede por sus enemigos. Pleitea a su favor! Admirable amor! Llega a excusarlo, incluso, porque “no saben lo que hacen” no sabían que Jesús era Dios, si bien esta ignorancia era culpable, puesto que conocían las Escrituras.



56) - Una indulgencia ilimitada mueve a Dios, a pesar de todos nuestros pecados. Nos ama verdaderamente.



57) - Si hay ignorancia o debilidad, ello basta para que se apiade de nosotros y persevere en nuestro amor.



58) - Unos piensan que no puede Dios amarme, no es posible que olvide mis pasados yerros.



59) - Jamás alcanzaremos a tener una convicción bien sólida, sin límites, acerca de la compasión que siente nuestro Señor para con nosotros.



60) - El entusiasmo es un don de Dios. Pensemos en los discípulos de Emaus. A pesar de ver desvanecidas sus esperanzas, no se desvían del Señor. Su lealtad es fielísima.



61) - Nosotros también podemos experimentar hondas decepciones donde teníamos derecho a cimentar una muy profunda esperanza.



62) - Como los discípulos de Emaus, nuestras tonterías y faltas involuntarias no le ciegan. El Señor enardecerá nuestros corazones en su intimidad más profunda.



63) - Las inquietudes de los discípulos no estaban desprovistas de fundamento; pero se sentían embebidos de su Maestro, les era tan vivo el recuerdo de sus sufrimientos, que sentían necesidad de hablar de Él.



64) - Estos discípulos no incurren en crítica alguna. ¡Qué lección más admirable para nosotros!



65) - Mientras Jesús nos regala con sus consolaciones, mientras nos acompaña y sentimos en nuestro derredor la aprobación, todo va viento en popa y estimamos excelente el poder contarnos entre sus amigos. Pero cuando las cosas andan mal, el disco ya es otro.









66) - La consternación se había apoderado del ánimo de los dos discípulos y les había dejado ofuscados. ¡Un hombre en plena juventud, despreciado a los ojos de su Madre y en circunstancias ignominiosas!



67) - Cuántas veces en las dificultades creemos perder todas las esperanzas. Parece que todo amenaza tomar un giro contrario.



68) - En nuestra vida muchas veces nos decimos: -Contábamos con que el Señor se inclinaría y procedería a nuestro favor, más…



69) - El Señor nos podría decir: ¡Insensatos!, ¡niños”, ¿no sois capaces de descifrar lo que es tan claro como el sol en pleno día?



70) - No llegamos a darnos cuenta de que Él ha hecho precisamente lo que de Él estábamos esperando.



71) - Cuando el Señor no atiende nuestras peticiones como a vuelta de correo, juzgamos ya que no nos hace caso.



72) - Dices: Dios ya no me escucha. -Cuán poco razonables somos! Debes saber que nadie todavía ha dirigido a Dios una oración sincera sin haber sido escuchado.



73) - Para ser oído favorablemente ni siquiera se requiere hablarle en estado de gracia.



74) - Dios está más deseoso de oír favorablemente nuestras súplicas que nosotros de dirigírselas. “Corazones tardos en creer!”



75) - Llamamos suavemente y porque al instante no se abre la puerta, nos retiramos y creemos que la unión con Él ha sido obstaculizada.



76) - Si la desconfianza es habitual, hace inútil y defectuosa mi oración. Lo que Dios desea de nosotros es que le amemos...



77) - Los peregrinos de Emaus deberían haber comprendido que Cristo tenía que sufrir.



78) - “Oh corazones tardos en creer que Dios nos quiere a todos verdaderamente santos.” Queremos ser virtuosos sin que nos cueste, humildes sin pasar por las humillaciones, simpatizar con los sufrimientos de Cristo sin experimentar el más mínima molestia, ni el más ligero rasguño.



79) - Prueba de fijar tu vida conforme a la luz que esclarece las palabras del divino Maestro, y te darás cuenta de cómo caes en un profundo error.



80) - Acabarás por admitir que todos los contratiempos, el mismo vano desgaste de energías, todas esas circunstancias contradictorias y dolorosas son necesarias para tu definitiva santificación. ¿Acaso no convenía que ello fuera así?



81) - Los mismos pecados perdonados pueden resultarnos muy útiles para el servicio de Dios.



82) - Fuere cual fuere tu vida, el Supremo Hacedor la permite. Cuando se habla de vida disipada, malograda, la expresión no es exacta.



83) - Además, un solo minuto de arrepentimiento puede repararlo todo; un momento de contrición, por breve que sea, basta para hacernos agradables a Dios, para volvernos hacia Él.



84) - Dios permite las cosas que nos sobreviene y los mismos tropiezos pueden conducirnos a dicha eterna...



85) - Los discípulos le instaron. Como ellos, cuando nos parezca que Nuestro Señor se niega a otorgarnos lo que le pedimos, importunémosle, forcémosle a oírnos. Él no sabe resistirse al apremio de un verdadero amor.



86) - Partió el pan, le reconocieron y desapareció súbitamente de su vista. ¿Acaso no se sentían enardecidos nuestros corazones en sus más íntimas reconditeces?...





PESIMISMO ESPIRITUAL





87) Uno de los mayores obstáculos para progresar en la vida espiritual nace de la creencia que por cualquier motivo Dios se disgusta de nosotros.



88) - Casi pecamos de pesimismo cuando se trata de vida interior.



89) - Dios, pensamos, tendrá sus razones para no otorgarme gracias especiales. ¡He abusado tanto de ellas en mi vida pasada!



90) - ¿No nos sabremos dar cuenta de que sólo el demonio es el que puede sugerirnos tales pensamientos de pesimismo?



91) - Dios nos ama con un amor inconcebible y desea ardientemente venir a nosotros por medio de la Sagrada Comunión. Nuestras abstenciones a recibirlo, le apenan.



92) - Sepamos que todo cuanto hace en nuestro favor en estado de prueba en que nos hallamos es para que intensifiquemos el amor de que le somos deudores.



93) - Las pruebas nos llegan para mayor perfección nuestra.



94) - Debería ser para nosotros un poderoso consuelo el pensamiento de que las circunstancias que nos rodean son precisamente las mejores del mundo y las más propias para permitirnos servir estupendamente a Dios.



95) - No temas pecar de presuntuoso: Acércate a Mí, dice el Salvador; mis brazos te están abiertos.



96) - Acojamos cuidadosamente las inspiraciones de la gracia. Oímos una crítica poco caritativa y ardemos en deseos es exclamar: -Soy de la misma opinión. En vez de callar. Las pequeñas gracias nos irán inundando poco a poco.



97) - Habiéndonos dicho Nuestro Señor: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas, no tenemos derecho a poner en duda la palabra divina; es su voluntad formal que le sirvamos por amor.





98) - Cuando Dios quiere que un alma se le acerque, la invita a rendirse a su deseo. Comienza por sugerirle que le conozca mejor, a fin de que le ame más.



99) –Si sintieses la necesidad de amarle más, puedes estar seguro de que esto proviene de Dios.



100) – Una vez empezada su obra en el alma, jamás la deja inacabada.



101) – Si queremos ser fieles a su voz interior, satisfará Él mismo los deseos que nos ha inspirado.



102) – Si no quisiera gratificarnos con los dones que nos presenta, se parecería a una madre que hiciera pasar por delante de los ojos a su hijo pequeño un objeto que el desea, alejándolo cada vez que tiende a cogerlo, con el solo fin de impacientarle.



103) – Evita tamañas reflexiones: No he servido a Dios fielmente durante estos años pasados, ¿como puedo empezar a hacerlo ahora?



104) –El tiempo no cuenta para Dios. Será mejor que digas: -Aquel que ha empezado su obra en mi, la concluirá (Fi 1, 6).



105) –Volvamos hacia nuestro buen Maestro y digámosle: -Sois Vos, Señor, quien ha puesto en mi corazón esta necesidad de amaros. Acrecentad, pues mi amor, a fin de que lo realice plenamente.





NO APRESURARNOS NI ATORMENTARNOS





106) –Nos creamos muchas dificultades en la vida espiritual. Nos atormentamos, nos apresuramos y quizás la misma impaciencia nos parece una virtud.



107) – El medio más a propósito para obtener algo de Dios es seguramente no afanarnos en extremo.



108) – La característica de toda actuación es LA CALMA; no nos sobreexcitemos ni nos apresuremos. Los santos no alcanzaron la perfección en un día.



109) - Para moldear el carácter según el ejemplar divino, es necesario un tiempo considerable. Para los santos era algo enojoso pero no se impacientaban. Se sentían dichosos.



110) - Los santos no creían imposible llegar a la cima, sigamos su ejemplo. ¿No nos ama Dios en la misma forma?



111) - El progreso en la vida espiritual depende mucho de que sepamos cultivar una ferviente ALEGRIA, un ardor incesante.



112) - Por que os atormentáis?, nos dice el Señor. Vuestra perfección es obra MIA. Sed fieles en mi servicio y Yo cuidaré de vosotros.



113) - No se justifica que pierdas tiempo y agotes fuerzas en agitaciones vanas.







114) - Duélete íntimamente de algo, si es que vale la pena, y después aparta con diligencia tu pensamiento de ello.



115) - Nuestra mezquina inteligencia y voluntad no resisten la dispersión de nuestras fuerzas.





116) - ¡Que gran desventura es no saber vivir EL MOMENTO PRESENTE!



117) - Tener un dolor tranquilo del pasado es cosa perfecta; pero evita el enzarzarte en retrospecciones sentimentales o en anticipadas ansiedades.



118) - ¿Puede estar contenta una madre si sus hijos estuvieran siempre en la duda de si mañana los amará aún?



119) - Los santos vivían en el momento presente y procedían tan bien como sabían, dejando a Dios el cuidado de todo lo demás.





LAS HUMILLACIONES.



120) -¡Toma en tus manos la copa de las humillaciones y vacíala toda entera; de esa suerte el sol, desde el amanecer hasta que anochezca, será el testigo de una vida gloriosa!



121) - No depende de nosotros sentir pena por las humillaciones, o sentirnos abatidos, confundidos y aún lastimados por ellas. Esto no cuenta para nada.



122) - Lo que realmente importa es que no nos nutramos de amarguras y que sepamos rechazar todo resentimiento.



123) - Los judíos daban noticias engañosas acerca de Jesús. Decían que arrojaba los demonios por arte de Belcebú.



124) - Jesús callaba a esas humillaciones sin resentimientos, al contrario con alegría por mi salvación.



125) - Señor, cuando me encuentres muy cobarde, muy impaciente y diciéndote a voz en grito: - Yo no puedo soportar esto, no puedo sufrir aquello, te suplico que no hagas caso a mis lamentos.



126) - Dame, Señor, la fuerza necesaria para sufrirlo todo en silencio; dame juicio para que te comprenda mejor y concédeme que te ame mucho más todavía.







ORACION.



127) – Es falso creer que Dios no quiere hablar a tu alma.



128) - Rezar es, ponerse en comunicación con Dios. Ora como puedas no ores como no lo puedas. La oración más sencilla es pensar en Dios y amarlo. Él anhela darse a ti.





129) - No digas gimiendo: -¡Si Dios quisiera por lo menos manifestárseme! – Él quiere hacerlo y te permitirá sentirle y gozarle.



130) - Es el puro amor de Dios el que anida en la entraña de tus inquietudes respecto a tu modo de orar? ¿O es más bien un deseo de ahorrarte estos esfuerzos?



131) - ¿Por qué otros oran con facilidad y yo no? No te inquietes por los otros, y aprenderás pronto a orar.



132) - La única preocupación u “obsesión” de ciertas almas, parece radicar en el temor de Dios que en el día del juicio les reproche algo que no recuerden.



133) - ¿De dónde vienen esos terrores, esta opresión del corazón, esa desconfianza respecto a la bondad de Dios? San Juan dijo: -El amor perfecto desecha todo temor y nuestro Señor repetía: Soy Yo, no temáis.



134) -La religión no consiste en evitar perpetuamente una cosa.



135) Hay quien parece creer que la esencia de la vida espiritual consiste en un continuo examen de conciencia. La idea de los hechos pasados invade su espíritu.



136) - No hay que tener ante los ojos el catálogo de los pecados que apagan el último rayo de esperanza que debía iluminar y transformar la vida espiritual.



137) - Jesús trataba con toda dulzura a sus apóstoles a pesar de sus defectos y de sus mismas faltas que les permitía sentirse muy a gusto con Él.



138) - Haz el bien, si quieres evitar el pecado.



139) - Ten la seguridad de que Dios juzga más que por el detalle, por el conjunto y el fin de nuestro obrar.



140) - Ir a la deriva, no tener en la vida un objetivo determinado, no beneficia a nadie. No realizar nada, no aspirar a nada! Que cosa más triste!...



141) - Deberíamos todos vivir y trabajar con un objetivo muy concreto. ¿En que situación te hallas respecto a este punto?



142) - Cuanto más un alma se acerca a Dios, más gusto experimenta en contemplar la santa humanidad de Dios Nuestro Señor.



143) - A la manera de una esponja hundida en el océano, sumérgete tú en el abismo insondable del Sagrado Corazón de Jesús, a fin de que las aguas del amor te envuelvan y empapen enteramente tu alma.



144) - Sólo el amor de Dios puede llenar tu corazón.

martes, 19 de abril de 2011

Dejarse preguntar por Jesús



¿ ME AMAS ?



Carta de Pedro a la primera generación cristiana, que ya no había sido testigo directo de la vida de Jesús. La única referencia que tenían era la palabra de los apóstoles y de los discípulos que se habían codeado con el Maestro.



¿Qué diferencia hay entre aquellos cristianos y nosotros, sino la mera distancia del tiempo y el espacio?

Esta carta tiene como destinatarios a nosotros, los cristianos de comienzos del siglo XXI de la era cristiana.



Pedro nos dice: No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis. Pero en ese amor puede haber muchos grados de diferencias; por eso cada uno debe dejarse preguntar por Jesús como Pedro: ¿Me amas?



¿Amamos a Jesús más que cuando le conocimos de niños?

¿Más que cuando hicimos la Primera Comunión?

¿Más que cuando recibimos la confirmación?

¿Más que cuando nos comprometimos como consagrados, o casados?

¿O nuestro amor anterior a Jesús ha ido a menos?


Superada esta pregunta, todavía que da la tercera:



¿Me amas más que éstos?

¿Más que los que han recibido menos beneficios espirituales?

¿Más que quienes tienen menor conocimiento de Jesús?

No hay que anteponerse a los demás, pues sólo Jesús conoce la contabilidad comparativa del amor de los suyos.



Pedro no se atrevió a responder que amaba a Jesús más que otros. Basta que también nosotros respondamos como él:

“Señor, Tú lo sabes todo: Tú sabes que te quiero.



Y Pedro prosigue en su carta: No lo veis, y creéis en Él; y os alegráis con un gozo inafable y transfigurado.

¿Tenemos esa visión gozosa de la fe, o la tenemos como un fardo pesado de llevar?

Según Jesús a Tomás: Dichosos los que crean sin haber visto. La fe es una bienaventuranza, una dicha, una felicidad. Algo falla en nosotros, si la consideramos algo triste, negativo, un yugo que hay que soportar.



A María le dijo Isabel: Dichosa tú, que has creído. Siempre el mismo objetivo califiactivo de felicidad, idéntico binomio entre fe-dicha.



Sólo demostrando nuestra alegría de creyentes, seremos testigos conviencentes de nuestra fe en Jesús.



“No habéis visto a Jesucristo y lo amáis; no le veis y creéis en Él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación.” (San Pedro, apóstol ).

sábado, 9 de abril de 2011

APOTEGMAS DE SAN ANTONIO ABAD

SAN ANTONIO, ABAD


Nació al sur de la llanura del Egipto medio hacia el año 251 en Quemán o Coma, hoy Kiman –el- Arús y es considerado como el padre del monacato. Impresiona grandemente por la sencillez y generosidad de su vocación. Quedó huérfano de padre y madre a los 20 años y un día estando en la Iglesia, oyó las palabras que fue la llamada de Dios: “Si quieres ser perfecto, ven, vende todo lo que tienes, dalo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ¡ven y sígueme!” (Mt 19, 21). Su conversión fue inmediata. Confía la educación de su hermana a una casa de vírgenes y sigue al Señor: “No te preocupes por el día de mañana.” (Mt 6, 34).
Se dedica, como dice San Atanasio en la biografía, al trabajo manual, a la oración continua y a la lectura de la Biblia. Sigue a monjes experimentados. En el año 290 se adentra en el desierto y comienza su lucha contra el demonio. Allí vivió durante 15 años hasta que empieza su obra más fecunda con numerosos discípulos que lo siguen y muchísima gente que lo busca hasta tener que huír al desierto cerca al mar Rojo, donde vive hasta su muerte, hacia el año 356 por lo que se cree vió 105 años dejando grandes enseñanzas.



APOTEGMAS DE SAN ANTONIO

“Yo, vuestro hermano mayor, os doy aquello que la experiencia me ha enseñado.”



1. Un día que cayó en la acedia y veía todo oscuro dijo a Dios: “Señor, quiero salvar mi alma, pero los pensamientos no me dejan. ¿Qué hacer en mi aflicción? ¿Cómo me salvaré? Poco después, cuando se levantaba para irse, vio Antonio a un hombre como él, trabajando sentado, que se levantaba de su trabajo para orar, y sentábase de nuevo a trenzar una cuerda, y se alzaba para orar, y era un ángel del Señor, enviado para corregir y consolar a Antonio. Y oyó al ángel que le decía: “Haz esto y serás salvo.” Al oir estas palabras sintió mucha alegría y fuerza, y obrando de esa manera se salvó.



2. Otro día interrogó al Señor, ¿ por qué, mueren algunos tras una vida corta y otros llegan a extrema vejez? ¿Por qué algunos son pobres y otros ricos? ¿Por qué los injustos se enriquecen y los justos pasan necesidad? Entonces vino hasta él una voz que le respondió: “Antonio, ocúpate en ti mismo; pues esos son los juicios de Dios, y nada te aprovecha saberlos.”



3. Uno le preguntó a abba Antonio: “Qué debo observar para agradar a Dios? El anziano le respondió diciendo: Guarda esto que te recomiendo: adonde quiera que vayas, lleva a Dios ante tus ojos; y cualquiera cosa que hagas, obra según el testimonio de las Sagradas Escrituras; y cualquiera que sea el lugar que habitas no lo abandones prontamente. Observa estas tres cosas y te salvarás.”



4. Dijo Antonio al Abba Poemén: “Este es el gran quehacer del hombre: reconocer su pecado en presencia de Dios y esperar la tentación hasta el último respiro.”



5. Otro día dijo: “Quien no ha sufrido la tentación no puede entrar en el Reino de los Cielos. En efecto, dijo, suprime las tentaciones y nadie se salvará.”



Poemén que significa “pastor” es una figura grande del monacatao de Scete. Se le atribuyen más de 200 sentencias. Reconoce su miseria que es la verdadera grandeza del hombre. “Aquel que ha visto su pecado, dice Isaac el sirio- es más grande que quien resucita muertos.”



La tentación acompaña al hombre como su sombra, incluso se le adelanta...esta es la vía de la salvación, la única: “Bienaventurado el varón que soporta la tentación, porque probado, recibirá la corona de la vida que el Señor prometió a los que le aman. (Sat 1, 12). La tentación conduce al hombre a la verdad de su ser, dándole la media exacta de su fragilidad; la tentación le fortalece probándole y le lleva a su madurez en Cristo.



Si somos mordidos por alguna serpiente, contemplemos a Crito clavado en la cruz, como los israelitas miraban la serpiente de bronce en el estantarte ( Núm 21, 8-9). Toda tentación tiene un sentido pascual: nos arranca de nuestra muerte y nos hace pasar a Él, el Viviente.



El gran peligro de la boca que venciéndola pemitirá decir con Poemén: “Por la gracia de Dios, desde que renuncié al mundo no me he tenido que arrepentir de palabra alguna que pronunciase.”



Pambo vivió en Nitria y se dice que no se le podía mirar el rostro a causa de la gloria que poseía...su cara brillaba como un relámpago.



6. Abba Pambo le preguntó: ¿Qué debo hacer? Le respondió el anciano: No confíes en tu justicia, ni te preocupes de las cosas del pasado, sino domina tu lengua y tu vientre.”



7. Dijo Antonio: “Vi las redes del enemigo extendidas sobre la tierra, y dije gimiendo: “ ¿Quién será capaz de sortear estos lazos? Y oí una voz que me decía: “La humildad.”



8. “Algunos han castigado su cuerpo con la ascesis, pero porque les faltó discernimiento, se alejaron de Dios.”



9. “La vida y la muerte dependen de nuestro prójimo. En efecto, si ganamos a nuestro hermano, ganamos a Dios...”



Dice Juan Colobos que no se puede construir una casa, trabajando de arriba hacia abajo, sino que hay que partir de los fundamentos para llegar hasta el tejado...El fundamento es nuestro prójimo al cual hay que ganar y hay que comenzar por ahí. Añade Juan Eunuco que “nuestro padre Antonio decía no haber preferido nunca su provecho personal a la edificación de un hermano.”



Nuestra relación con el otro es el único criterio incontestable de nuestra delección por Dios. Es sobre el amor al prójimo sobre el que el anacoreta, como todo hombre, será juzgado. Dice San Juan: “Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a nuestros hermanos...Si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros; en nosotros su amor ha llegado a la perfección...Quien no ama a su hermano a quien ve, no amará a Dios a quien no ve.” ( 1 Jn 3, 14; 4 ,12 y 20).



El adagio de Abba Apolo: Cuando ves a tu hermano, ves a Dios.” Por su encarnación, Dios se ha hecho próximo a nosotros; es el buen samaritano, que se ha manifestado como el prójimo del hombre (Lc 10, 36 ); y es Él quien espera nuestro amor en todo hombre que encontramos.



Las 3 virtudes que deben ir a la par: Humildad, caridad y discernimiento. De qué sirve el amor ahí donde existe el orgullo? Un anciano, interrogado sobre la manera de “encontrar a Dios,” da esta respuesta: Les aseguro, muchos han macerado su cuerpo sin discernir y se han marchado sin poseer nada.



10. “Quien vive en la soledad del desierto está libre de tres combates: el del oído, la charlatanería y la vista...Su único combate es el de la fornicación.



11. Un día fueron a donde Antonio y le comunicaron las visiones que tenían pera ver si eran auténticas o de los demonios. Tenían un asno que se les murió por el camino. Cuando llegaron al anciano éste anticipándose les dijo: ¿Por qué murió el asnillo en camino? ¿Cómo lo sabes? Los demonios me lo han hecho ver.” Ellos le dijeron: Precisamente nosotros veníamos a preguntarte sobre esto, porque tenemos visiones que con frecuencia se revelan auténticas.” El anciano los convenció con el ejemplo del asno de que esas visiones procedían de los demonios.



12. Un cazador vio a abba Antonio que se recreaba en el desieroto con los hermanos y se escandalizó. El anziano le hizo ver la realidad con un hecho: Pon tu flecha en tu arco y ténsalo. Él así lo hizo. Le repitió: Ténsalo de nuevo...todavía más. El cazador respondió: Si tenso mi arco más de lo que resiste, lo romperé. El anciano le dijo: “Lo mismo ocurre con las cosas del Señor. Si aplicamos a los hermanos una medida superior a la que pueden soportar, pronto se quebrarán. Es necesario, pues, condescender de vez en cuando con sus necesidades. Al oír estas palabras el cazador se sintió lleno de compunción. Grandemente edificado por el anciano, se marchó. En cuanto a los hermanos volvieron a sus celdas fortificados.



13. Un hermano dijo a Abba Antonio: “Ruega por mí.” El Anciano le respondió: No tendré lástima de tí, ni Dios tampoco, si tú mismo no pones de tu parte y suplicas a Dios.”



14. Unos hermanos vinieron de Escete a ver al abad Antonio. Al tomar el barco para dirigirse allí encontraron a un anciano que también quería ir. Pero los hermanos no lo conocían. Sentados en el barco se entretenían hablando de las Escrituras, de los dichos de los Padres y de sus trabajos manuales. En cuanto al anciano, guardaba silencio. Cuando llegaron al puerto supieron que el anciano iba a ver al abad Antonio.



Cuando llegaron a donde estaba él, les dijo abba Antonio: “Han tenido en este anciano un buen compañero de viaje.” Y dirigiéndose al anciano: “Y tú habrás soportado junto a ti a unos buenos hermanos, Padre.”

El anciano respondió: “Sin duda son buenos, pero su casa no tiene puertas y cualquiera puede a su gusto entrar en el establo y desatar el asno.” Decía esto porque los hermanos decían cuanto les venía a la boca.



Pero hay espíritus malhumorados, siempre “escandalizados,” más preocupados de la observancia que del hombre; es a estos rigoristas a quienes se dirige esta lección de libertad espiritual. Es necesario dominar incluso la seriedad. La persona verdaderamente seria es delicada, transperante, luminosa.



El que quiere ser un verdadero monje se entrega a la soledad, está en ella como el pez en el agua. Ya hemos encontrado esta comparación en la Vida de Antonio. Sin embargo hay pequeñas variantes en la expresión: aquí se trata de retorno a la celda, no a la montaña y las cosas exteriores reciben nombre preciso: “la vigilancia.”



Duermo pero mi corazón vela, canta la esposa en al Cantar de los Cantares, (5, 2). La soledad ayuda al monje a entrar en sí mismo, a descrubrir ese lugar donde la gracia es ardiene –el lugar del corazón – y a permanecer allí. La celda es como el horno de Babilonia, donde los tres jóvenes encontraron al Hijo de Dios y como la columna de nube desde la que Dios habló a Moisés.



En la soledad las tentaciones procedentes del exterior, por el oído, la palabra y la vista, quedan reducidas al mínimo.



Antonio sabe que es difícil “dominar enteramente los deseos de mujer” y la soledad los exaspera pues el diablo toca en el teclado de la imaginación.



El Yermo (desierto) favorece la purificación del corazón, pues nos lanza a Dios que, únicamente, puede unificar nuestro ser íntimo y devolverle su transparencia virginal. Sobre todo, él “da agudeza” a la mirada interior; se puede contemplar allí su rostro “como en un espejo;” efectivamente, “quien vive en medio de los hombres, su propio ruido le impide ver sus faltas; pero cuando se rocoge, sobre todo en el desierto, entonces ve sus fallos.”



El monje se somete a este rudo aprendizaje, como los hebreos a su salida de Egipto. “Los hijos de Israel, cuando vivieron en tiendas, supieron cuan necesario es temer a Dios. Los barcos sacudidos por la tempestad en alta mar, están como inactivos, pero cuando llegan a puerto entonces hacen su carga. Así ocurre con el hombre: si no permanece en un único lugar, no puede recibir el conocimiento pleno de su verdad.



Por el contrario las visiones y los milagros no se requieren para la perfección, ni tampoco la interpretación de las Escrituras.





No pretender fenómenos extraordinarios

¿Se tienen visiones que parece verdaderas?...Pueden venir de los demonios que así nos incitan a la vanagloria, por tanto, hay que saber conservar la propia libertad respecto a los fenómenos insólitos, no apegarse a lo extraordinario. De lo contrario, uno se desvía de lo único necesario: la búsqueda de Dios, y se crea complicaciones inútiles.



Una virtud virtud necesaria

Hay una virtud que autentifica todas las demás: La paciencia. Si falta, el edificio espiritual amenaza ruina pese a su brillante fachada. La imagen empleada por Antonio recuerda la del Evangelio: “Desgraciados de ustedes, escribas y fariseos, que parecen sepulcros blanqueados: por fuera tienen hermosa apariencia, pero dentro están llenos de huesos y de podredumbre; igual vosotros, por fuera ofrecen a la vista de los hombres la aparencia de justicia, pero por dentro están llenos de hipocresía e iniquidad.” (Mt 23, 27-28).



La paciencia permite “soportar” la prueba: ella es la hermana de la humildad. Antonio poseía de igual modo la una y la otra: “él era pacientísimo y de ánimo humilde.” Sabiendo el precio de la dulzura que es señal de una grandísima fortaleza, ejercitaba en ella a los hermanos. Un día, llevó a Amonas fuera de su celda y, enseñándole una piedra, le dijo:



- “Injuria y pega a esta piedra.”-Habiéndolo hecho Amonas, le preguntó:

- ¿Habló la piedra? Y tras la respesta negativa, le predijo: -También tú alcanzarás esta medida.



En otra ocasión Macario el Grande vino a verle y le dijo su nombre: Antonio, cerrando la puerta, entró, dejándole fuera; después, viendo su paciencia la abrió y le recibió con alegría.

Así ese como se forma para el combate a los novicios en el desierto.



Un anciano en éxtasis, cuenta Juan Colobos, percibió una voz venida de la “otra orilla” de una dulzura infinita: “Tomad alas de fuego y venid aquí, hacia mí.” Esta llamada del Señor se dirige a todas las generaciones, como una invitación al fervor del Espíritu:



“Oh lenguaje puro del exilio! Lejana es la otra orilla donde el mensaje se iluminia.”



15. También dijo Antonio: “Dios no permite que esta generación sea tentada como lo era la de los antiguos, porque sabe que en la actualidad los hombres son débiles y no pueden sostener tales combates.”



16. En el desierto, tuvo el abad Antonio la siguientes revelación: “Hay en la ciudad alguien que se parece a ti: un médico que da lo superfluo a los pobres y cada día canta el trisagio con los ángeles.”



Este médico puede ser un auténtico contemplativo viviendo en el mundo, asumiendo en él la condición humana. La vida angélica no es privilegio de los monjes y éstos no puede valerse de su título para estimarse, con una fariseísmo más o menos consciente, superiores al común de los hombres. Seglares y religiosos están llamados a la misma perfección evangélica –la del amor que despoja a uno de sí mismo – y éste es un tema caro a los Padres del desierto, el del seglar más virtuoso que el monje. Verdad un poco olvidada, pero que el Concilio ha subrayado.



17. Dijo Antonio: “Llega un tiempo en que los hombres estarán locos y cuando encuentren a alguien que no lo esté, dirán: “Tú desatinas.” Y dirán esto porque no se les parece.”



18. Unos hermanos fueron a ver al abad Antonio y le preguntaron sobre la frase del Levítico. El anciano se retiró al desierto. El abad Ammonas, que conocía esta costumbre, le siguió a escondidas. El anciano muy alejado, se mantenía de pie orando, y gritó con fuerte voz: Oh Dios!, envía a Moisés y me explicará esta frase.” Una voz vino a hablar con él. El abad Ammonas dijo: “He oído la voz que hablaba con él, pero no he comprendido el sentido del discursos.





19. Tres Padres tenían por costumbre ir cada año a ver al abad Antonio. Los dos primeros le preguntaban a cerca del alma; pero el tercero permanecía todo el tiempo en silencio sin plantearle ninguna pregunta. Al cabo de un largo rato, el abad Antonio le dijo: “Hace mucho tiempo que tienes por costumbre venir aquí y nunca me preguntas nada.” Le respondió: Padre, me basta una cosa: verte.



A quien de veras sigue a su abba, “le basta con una cosa: verle”. El hombre del Espíritu está areviestido de la dignidad ontológica de un icono. Si hubo vírgenes, que “por haber visto solamente a Antonio, se consagraron a Dios, ¡qué beneficio debía aportar la presencia del santo a quien una larga costumbre lleva cada año junto a él!



El deber del abba o padre es el de curar, no condenar o justificar.



Se decía del abad Antonio que había llegado a ser pneumatóforo, pero que no quería hablar a causa de los hombres. En efecto, él reveló lo que acontecía en el mundo y también en el futuro.



Antonio no sólo fue favorecido con el don de profecía; fue dotado con la inteligencia de las Escrituras y el carisma de la paternidad espiritual. Los apotegmas trazan su retrato.



20. Cierto día el abad Antonio recibió una carta del Emperador Constantino invitándole a ir a Constantinopla. Él se preguntaba qué debía hacer. Dijo, pues el abad Pablo, su discípulo” ¿Debo partir? Este contestó: “Si vas se te llamará Antonio; si no vas, Abad Antonio.”



21. Dijo Abad Antonio: Ya no temo a Dios, sino que lo amo; pues, el amor arroja fuera el temor.

22. Dijo él mismo: “Ten siempre ante los ojos el temor de Dios. Acuérdate de Aquel que da la muerte y la vida. Odia al mundo y todo lo que hay en el mundo. Odia el reposo de la carne. Renuncia a esta vida a fin de vivir para Dios. Recuerda lo que has prometido a Dios, pues en el día del juicio te pedirá cuenta de ello. Soporta el hambre, la sed, la desnudez, las vigilias; permanece en la aflicción y en las lágrimas, gime en tu corazón. Prueba si eres digno de Dios. Desprecia la carne para salvar las almas.



23. El Abad Antonio dijo: “Quien trabaja un trozo de hierro piensa de antemano qué es lo que quiere hacer con él: una hoz, una espada, o un hacha. De la misma manera, nosotros debemos preguntarnos cuál es la virtud que deseamos alcanzar para no agotarnos en vano.



24. También dijo que la obediencia y la contienecia dan poder sobre las bestias salvajes.



25. Dijo: “Conozco monjes que después de haber soportado muchas penas, cayeron y llegaron hasta el orgullo del alma, porque habían puesto su esperanza en sus propias obras y echaron en olvido el precepto de aquel que dice: “Interroga a tu padre y él te instuirá.”



El temor de Dios

El mismo abba Antonio recomienda tenerlo siempre ante los ojos.

Es por el temor por el que “Pambo ha hecho habitar en sí mismo el Espíritu de Dios. Y Juan Colobos añade: “Cuando el Espíritu Santo baja al corazón de los hombres, éstos son renovados y brotan hojas en el temor de Dios.”(Abba Juan Colobos, 10 en Guy p. 122).

( Tomado de N. Devillier. “San Antonio el Grande, Padre de los monjes, y publica Monasterio de Las Huelgas: 09001 Burgoss (España). Ediciones fuera de comercio )



En esta forma de la vida monástica en el desierto, en perfecta soledad, o agrupados los monjes en torno a un padre espiritual, hay que situar la granda e impresionante figura del San Antonio.



En vida fue considerado como padre de los monjes y a su muerte se empezó a rendirle culto público como santo lo que sólo se hacía hasta ese momento a los mártires.



Existe una orden hospitalaria, de los antonianos, creada en Occidente en la Edad Media, para perpetuar a este santo.



Las Cartas de San Antonio

Es importante leer las célebres Cartas de San Antonio que se remontan al siglo IV. Trata de las enseñanzas a los novicios pero de una actualidad y sabiduría para cualquiera de sus lectores, como cuando iniste en la semajanza total entre el Hijo de Dios y nosotros, tanto en la miseria como en la restauración de nuestra naturaleza.



Desarolla una antropología cristológica a partir del Siervo de Yhavé (Fil 11, 6-11; Is 53,5).

Donde muestra como su esclavitud es nuestra libeertad, su locura nuestra sabiduría, su debilidad nuestra fuerza.



La Pascua del Hijo de Dios será la nuestra.



Señala los pasos de cómo el hombre inclinado por la misma naturaleza de concupicencia, de pecado, llegará por la ascesis hasta recobrar la naturaleza original.



El designio y la obra de Dios consisten en llevar al hombre a la condición primera, a la comunión original con El y con los demás hombres, hasta permitir recobrar la gloria de sus comienzos, el estado de la primera creación y revestir de nuevo el hábito que se quitó. Porque el hombre salió de esta naturaleza original, que estaba creada según la imagen perfecta del Padre, que es el Hijo, el logos, inmortal por esencia e incorruptible fundamentalmente buena, con toda rectitud y pureza sin parte alguna del diablo en nosotros, con el cuerpo en paz, sin ninguna moción, totalmente sometido a la atracción del corazón enseñado por el Espíritu, natural y sencillamente entregado a la búsqueda de Dios.

En esta quietud natural en que fue creado el hombre sobrevino una perturbación indebida. El pecado arrastró al hombre fuera y por debajo de las condiciones normales de su naturaleza.



El orgullo es la fuente de este nuevo destino que desvía toda la existencia del hombre. Este ha perdido la hermosa unidad primera, que hacía de él una naturaleza plenamente espiritual y, a imagen del Dios Uno, perfectamente unificada. Se han mezclado enfermedades a los miembros naturales del alma. Malos consejos o pensamientos-pasiones, que se han sembrado en nosotros y hemos llegado a ser totalmente vulnerables a las mociones que dormitaban en nuestra naturaleza y que ahora están excitadas desde fuera por la astucia del enemigo o por nuestro propio atolondramiento.



San Antonio también trata en esta cartas de Las maquinaciones del diablo. Porque entre el hombre y su verdadera naturaleza espiritual que ha de reencontrar, se han deslizado seres, particularmente sutiles, ya que tienen la misma naturaleza espiritual que él, pérfidos y peligrosos, porque están envidiosos de la restauración que se le ofrece: los diablos. Están por todas partes en los aires. La materia del mundo visible es el dominio donde ejercen su poder. Pueden adueñarse de los corazones y servirse de los cuerpos como si les pertenecieran en propiedad.



Un monje y un cristiano que de verdad quiera volver a la santidad primera encuentra en estas cartas algo impresionante que por su antiguedad y claridad que animan a vivirlas.



( San Antonio, cartas, introducción del P. André LOUF, o.c.r. Monasterio de Las Huelgas.Burgos, España en una publicación fuera de comercio en librerías. Se consigue allí mismo )